El salón de banquetes del hotel desbordaba elegancia y un bullicio excepcional.
Hoy era el gran día en que Valeria Soler se casaría con su novio de hace cinco años, Sebastián Mendoza.
La élite de la Capital estaba reunida, y todos envidiaban que ella hubiera encontrado a un hombre tan bueno.
En el altar, el juez preguntó con voz solemne: —Señorita Valeria Soler, ¿acepta usted al señor Sebastián Mendoza como su legítimo esposo?
Valeria bajó la cabeza, tímida, y justo cuando estaba por aceptar, de la nada surgió la tierna vocecita de un niño.
—Ay, mi mami tontita, no aceptes. Sebastián es un canalla, solo se casa contigo por las acciones de tu empresa, y además no es mi papá. Mi verdadero papá es otro.
—El bebé que espera Sofía sí es de ese infeliz; ellos dos llevan engañándote a escondidas desde hace tiempo.
Esas dos breves frases dejaron a Valeria completamente aturdida.
Se quedó helada en el altar, y sus dedos se apretaron con fuerza alrededor del ramo.
¿Acaso... el bebé estaba hablando?
Valeria miró a su alrededor por instinto.
El salón estaba repleto de invitados, pero no había rastro de ningún niño.
Retiró la mirada y observó a Sebastián frente a ella.
Él mantenía una sonrisa impecable, como si no hubiera escuchado absolutamente nada.
Pero ella lo había escuchado con total claridad...
¿Se lo estaba imaginando?
—Mami, estoy en tu pancita. Hice fila por tantos años para reencarnar; por favor, madrecita mía, reacciona y defiende lo tuyo.
Valeria se quedó pasmada. ¡¿Estaba escuchando los pensamientos del bebé en su vientre?!
¿Cómo era posible que un feto tuviera un monólogo interno tan articulado?
¡¿Y encima con capacidad de predecir las cosas?!
Todo el salón esperaba la respuesta de Valeria, pero ella parecía congelada en su lugar.
Le resultaba demasiado absurdo.

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