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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 16

DAMIÁN ASHFORD

—Estudié en Oxford la carrera de leyes, graduándome con honores… —dijo la mujer delante de mí, con la mirada distraída en el techo porque no tenía el valor de verme a los ojos—. También participo cada año, en navidad, en el comedor comunitario para los vagabundos y gente sin hogar…

—¿Eres estúpida? Eso es un vagabundo… una persona sin hogar —refunfuñé mientras veía su «curriculum» sin darle mucha importancia a su rostro cargado de miedo.

Habían pasado cinco años desde que Andy se marchó, desde que supe que había perdido a mis hijos, desde que sentí por primera vez un vacío que ni todo el dinero, el poder o las mujeres dispuestas a lanzarse a mis pies podían llenar. Había construido mi vida con la certeza de que jamás sentiría una pérdida real, de que nada ni nadie podría hacerme tambalear, pero entonces llegó ella… y luego se fue.

Al principio pensé que era mejor así. Andy no tenía razones para quedarse, y yo no tenía razones para detenerla, pero con el tiempo, esa excusa dejó de servir. Me sorprendía a mí mismo recordándola en los momentos más insignificantes. Me negaba a admitirlo, pero ella seguía ahí, en mi mente, en mi jodido interior, envenenándolo todo.

—Señor Ashford, sé que solo está buscando una madre para su hijo, pero… creo que yo puedo darle más que eso —contestó en un susurro, aferrándose con ambas manos a su asiento e inclinándose hacía mí.

Vi con atención y molestia su rostro, no era Andy, pero cumplía con ciertas características que la hacían parecida a ella. Con el paso del tiempo mi objetivo fue más claro. Cuando llegaban los «curriculum» de las mujeres que ya habían pasado por el ojo meticuloso de mi madre, entonces comenzaba a descartar a todas las que físicamente fueran diferentes a Andy, después me sumergía en sus estudios y vida laboral, quedándome solo con las que hubieran estudiado leyes y no tuvieran experiencia.

Sabía que en el fondo estaba intentando encontrarla en otro cuerpo, en otra voz, pero cada mujer que se sentaba del otro lado del escritorio solo era una copia barata y vacía, ninguna me veía con la ferocidad que ella me veía, ninguna era tan retadora ni valiente.

—La señora Ashford, su madre, me ha dicho que su carácter se ha… agriado en los últimos años y tal vez se deba a la falta de cariño femenino —continuó la mujer ante mi silencio, sin sospechar de mi desagrado.

En algo tenía razón, mi carácter que alguna vez fue difícil, ahora era insoportable. Algunos inversionistas comenzaron a cuestionarse si aún valía la pena hacer negocios con un hombre que, según ellos, se había vuelto impredecible. Me importaba una m****a. La incompetencia me irritaba, la condescendencia me enfermaba y la debilidad me repugnaba. ¿Y qué recibía a cambio de mantenerme fuerte? Un torrente de recuerdos que se negaban a desaparecer.

—Déjame adivinar, ¿me harás cambiar con tu amor y devoción? ¿Serás la mujer que descongele mi corazón? —pregunté con burla antes de levantarme de mi asiento y tirar su «curriculum» a la basura—. ¿Crees que una mujer tan débil va a lograr cambiar algo en mí?

Me acerqué a ella con determinación, la tomé por los brazos y la mantuve frente a mí, a centímetros, intimidándola con la mirada, casi orillándola al llanto.

—Mi corazón no está congelado… se ha convertido en un maldito agujero negro que solo se alimenta de alcohol y del sufrimiento de los demás. Así que déjate de tonterías, y principalmente, deja de quitarme el tiempo. —La arrastré hasta la puerta de mi oficina y la arrojé fuera, sin importarme que cayera.

Cuando pensé que el resto de mi día pasaría sin complicaciones, la puerta volvió a sonar. La ignoré mientras me servía un trago, después de todo ya sabía de quién se trataba y entraría, aunque yo se lo negara.

—Damián… ya fue suficiente —sentenció mi madre entrando con ese taconeo incisivo que tanto me molestaba.

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