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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 181

Sin venir a cuento, a Federico se le metió en la cabeza la imagen de Gloria el día que le pidió el divorcio: esa carita impecable, pero con una distancia helada, como si ya no lo conociera.

Durante esos dos años de matrimonio, Gloria había sido como una muñeca: hermosa de un modo difícil de explicar. A cada rato, sin proponérselo, lo dejaba con la cabeza hecha un desastre.

Pero también sabía ponerse límites. Y eso hacía que Federico, incluso cuando se le iba la onda, se obligara a mantenerse cuerdo.

Se apretó el puente de la nariz y obligó a sus pensamientos a volver al presente. Sus ojos recuperaron el enfoque, poco a poco.

***

Vidal llegó con César para firmar el contrato.

Gloria ya traía todo listo. Acompañó a Federico a la sala de juntas y, en cuanto entraron, vio a César, de traje, sentado junto a Vidal.

—Señor Córdoba. Gloria.

César se puso de pie y le hizo un gesto cortés a Federico con la cabeza.

Pero al decir “Gloria”, el tono se le suavizó de inmediato.

Vidal lo miró con una sonrisa, y esa mirada cargada de intención se paseó entre César y Gloria.

—Señor Beltrán —saludó Gloria, y solo se dirigió a Vidal.

No sabía con qué cargo venía César, así que llamarlo por su nombre no se le hizo correcto.

Vidal asintió a modo de saludo y siguió, como si nada:

—Señor Córdoba, a partir de ahora la colaboración con Holding Rivadeneira la va a llevar César. Ya es el gerente del proyecto.

Federico jaló una silla y se sentó. Se acomodó el reloj en la muñeca y miró a César con una expresión difícil de leer.

—Señor Córdoba, mucho gusto. Espero que trabajemos bien juntos.

César se inclinó un poco y le extendió la mano.

Federico se la estrechó apenas y habló con una calma que pesaba:

—¿Y esto significa que también va a poner a Gloria a cargo de esa colaboración?

Vidal captó el fastidio escondido en esa frase y se apresuró a responder:

—No, señor Córdoba. Todo se queda como estaba planeado.

Gloria se sentó frente a César, como si no hubiera escuchado lo que dijo Federico. Le hizo un gesto leve con la cabeza.

—Señor Vega.

Federico abrió la laptop, entró al archivo y lo leyó de principio a fin, palabra por palabra.

La luz de la pantalla se reflejaba en sus lentes. Debajo del cristal, sus ojos cafés parpadeaban apenas.

Cuando llegó a la última línea —“este proyecto tiene un potencial enorme”—, se quitó los lentes.

—Si Gloria lo ve tan prometedor, entonces firmemos.

Destapó la pluma y, en la última hoja, estampó su firma con trazos firmes.

Gloria se quedó confundida. ¿A qué venía eso de que ella “lo veía tan prometedor”?

—¡Entonces esto es gracias a Gloria! —Vidal se levantó y se acercó sonriente a estrecharle la mano a Federico—. Los detalles del proyecto que los platiquen ellos. Yo necesito hablar a solas con usted, señor Córdoba.

Gloria cerró la laptop, la guardó en su portafolio y se levantó para salir.

César la siguió, también con su portafolio.

—Gloria.

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