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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 359

Federico dejó de teclear.

La miró con una frialdad cortante.

Gloria juraba que lo dijo sin mala intención, como comentario normal.

Pero para Federico sonó a que ya lo quería fuera, como si le estorbara.

—Gloria, ni siquiera te esperaste tantito para correrme.

Gloria negó rápido.

—No, es por su trabajo. No quiero que se le acumule.

Federico se recargó en el respaldo, sin quitarle los ojos de encima.

—Tranquila. Hoy no necesitas cuidarme.

Gloria admitía que sí quería que se fuera pronto.

Pero también era cierto: estando aquí, Federico solo podía avanzar a medias.

—Qué bueno. Ojalá se cuide, para que no le vuelva a pasar algo.

Entrecerró los ojos y sonrió, educada.

—Si no es nada más, me retiro.

Apenas salió de la oficina de Federico, se le cayó la sonrisa.

Se sobó la mandíbula, ya adolorida de sostener la sonrisa; respiró hondo y regresó a su oficina.

Por la tarde, en cuanto reanudaron labores, Mirella llegó con un expediente.

—Señora Loyola, esto es del nuevo gerente de relaciones públicas que mandó la central. Échele un ojo.

—¿De la central?

Gloria se sorprendió. Tomó el currículum y lo abrió.

—No es el gerente de relaciones públicas de la central… es alguien a quien ascendieron.

Mirella estiró el cuello para ver.

—A ver, ¿quién es? Capaz que lo conozco.

Gloria sacó la hoja y, al ver el nombre, se quedó en blanco.

Paulina.

—¿Paulina? —Mirella también lo vio y chasqueó la lengua—. ¿Existe alguien así? Yo ni la ubico.

Paulina era muy discreta en la empresa; además, en Belgrano Norte no había muchos Córdoba.

No quería que la relacionaran con Federico.

—¿Ya llegó? —preguntó Gloria.

La comida que ella había mandado al mediodía seguía ahí, intacta.

Gloria frunció el ceño, abrió y entró.

La puerta del cuarto de descanso estaba entreabierta. Las cortinas estaban cerradas.

La ventana medio abierta movía la tela con el aire, y la luz que se colaba caía sobre la cama.

Se alcanzaba a distinguir una figura recostada.

Gloria entró rápido.

Se escuchaba una respiración pareja. Federico estaba de lado; los rasgos tensos, el ceño apenas fruncido, como si no se sintiera bien.

Ella se acercó y le tocó la frente.

No estaba caliente. No tenía fiebre. Gloria soltó el aire.

Seguramente, por la enfermedad de estos días, estaba agotado y se quedó dormido a esa hora.

Pero antes de que ella pudiera retirar la mano, Federico le sujetó la muñeca.

Gloria se quedó sin aire.

Bajó la mirada y se topó con los ojos de Federico, abiertos de golpe, todavía con sueño.

***

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