Federico tenía en la mano un llaverito rosa con forma de gatito.
Las venas marcadas en el dorso de su mano contrastaban brutalmente con lo tierno del peluche.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que, a fuerzas, apartó la mirada y bajó la vista al juguetito.
Imposible.
Jaime vivía al lado, en ese departamento donde siempre había carros de lujo estacionados.
Seguramente había ido a ver a Gloria por algún asunto.
Diez de la noche… tampoco era tan tarde.
Federico sacó un cigarro, lo encendió y se lo quedó entre los dedos, fumando despacio.
Se recargó en el poste de una lámpara, envuelto por la oscuridad de la noche.
Cuando se dio cuenta, ya casi eran las once.
Se le frunció el ceño; apretó los labios y la cara se le endureció.
No volvió a asomarse hacia adentro.
La luz brillante de la casa se filtraba y le iluminaba media cara de perfil.
No supo en cuál cigarro iba, pero otro más se consumió lentamente.
Lo apagó, lo tiró en el bote de basura y se fue a paso firme.
Treinta segundos después, Jaime salió de casa de Gloria.
—Mañana mismo mando a alguien a llevar la donación.
Parado en los dos escalones de la entrada, le hizo una seña con la mano a Gloria.
—¿Eso cuenta como redimirme? ¿Me puedes tener tantita buena impresión?
Gloria sostenía la perilla, con la puerta a medio abrir.
—Tú, en sí, no eres mala persona.
Jaime sonrió.
Pero la sonrisa ni siquiera alcanzó a formarse del todo cuando Gloria remató:
—Nada más que eres bien fastidioso.
Jaime se quedó sin palabras.
—Ya es tarde. Vete a dormir —lo apuró Gloria.
No es que Gloria tuviera tanto sueño; en la tarde se había echado unas horas.
Pero Jaime hablaba demasiado. Hasta a ella le parecía ruido.
—¡Bueno, tú también duérmete temprano!
Jaime no se imaginó que algún día le tocaría estar a solas con Gloria, platicando durante horas.
Aunque, siendo honestos, él fue el que no dejó de sacar temas.
¿Entonces ya no había distancia entre ellos? ¿De verdad ya eran amigos?
Gloria cerró la puerta y subió a descansar.
Virginia platicó un rato con ella, preguntándole qué quería Federico de ella.
En cuanto salió el tema de Federico, a Gloria le dio un coraje raro, como si no entendiera nada.


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