Una mesera estaba esperando para tomar la orden, pero Virginia seguía aferrada al tema de los Mendizábal.
Si no le encontraba sentido, ni hambre tenía.
Gloria mejor la jaló para que se levantara y le explicó a la mesera, apenada:
—Perdón, nos salió un pendiente. Nos tenemos que ir.
Virginia dejó que la subieran al carro mientras ella buscaba a conocidos para preguntar por los Mendizábal.
No muy lejos, escondida en un rincón y viendo cómo se subían al carro, Lucía se volteó hacia una mujer que rondaba los cuarenta y tantos.
—Señora Mendizábal… ¿no se le hacen conocidas?
—¿Qué traes? —Yolanda la miró como si no lo pudiera creer—. ¿Para qué me trajiste a ver a esas dos mujeres?
Lucía soltó, sin titubear:
—El bebé que usted tuvo en ese entonces… no murió.
Yolanda la interrumpió, todavía más incrédula:
—¿Qué estás diciendo? ¡Estás diciendo puras tonterías!
—Si son tonterías o no, con que usted investigue, se va a dar cuenta —Lucía habló con aires de misterio—. Pero esas dos… las crié yo. Si usted quiere investigar, primero me tiene que pedir permiso a mí.
Yolanda frunció el ceño. Un instante después, se le aflojó la expresión.
—No te hagas. Yo sé perfectamente que te corrieron de los Mendizábal por andar de viciosa con el juego. ¿Y ahora vienes a inventarte estas mentiras para sacarme dinero? Lárgate. O te juro que le hablo a la policía.
Dicho eso, se dio la vuelta y se fue.
Ya en el carro, Yolanda no pudo evitar voltear otra vez hacia donde estaban Gloria y Virginia.
Aunque no le creyó a esa mujer, una de las dos sí le dejaba una sensación extraña… como de conocerla de antes.
—Sigue a las dos mujeres de hace rato —le ordenó al chofer.
—Sí, señora.
Lucía se acercó corriendo y tocó el vidrio de la ventana.
—Señora Mendizábal, créame… lo que le dije es verdad…
El carro arrancó despacio y se alejó.
Lucía se quedó atrás. Se quedó mirando en esa dirección un momento, y luego se dio la vuelta y se fue por otro lado.
Pero ya era tarde. Federico se puso el saco con rapidez y ya iba saliendo del privado.
—Coman. No se preocupen por mí.
Al salir del restaurante, se subió al carro y se fue directo hacia donde se habían ido Gloria y Virginia.
***
—Piénsalo: Lucía siempre ha dicho que me dejaron en la orilla del pueblo, cerca de la iglesia. ¿Cómo voy a tener algo que ver con gente de Río Alicante? —Gloria hizo todo lo posible por convencer a Virginia de que dejara esa idea absurda—. A lo mejor lo dijo a propósito, para engancharte… quién sabe con qué intención.
Virginia quiso decir algo, pero se contuvo; le dio miedo que Gloria se enojara si seguía insistiendo.
—Está bien, está bien. Si ni a ti te importa tu tema, yo ya no me voy a clavar —dijo, aventando el celular a un lado—. Entonces hablemos de Lucía. ¿Qué gana con armar este numerito?
Gloria negó con la cabeza.
—No sé qué gane.
Su instinto le decía que era por dinero.
¿Otra vez se habría quedado sin un peso?
—Bueno, ya. Dejemos eso —Virginia buscó rápido restaurantes cerca y eligió uno que se veía bien—. Vamos a comer a algún lado.

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