Alicia habló con total seguridad y le palmeó la mano a Irene.
—Te vienes conmigo a Belgrano Norte. Tú tranquila: mientras yo no ceda, él se casa contigo.
La vez pasada, Federico lo había prometido.
Irene solo quería hacerse la difícil, para que él cediera.
No pensaba “hacerse a un lado” de verdad.
Pero con Alicia empujándola así, no le quedó de otra que asentir.
—Está bien. ¿Entonces compro los boletos ahorita?
—Cómpralos. Que sea lo antes posible.
Alicia notó la inconformidad en su cara y remató:
—No te preocupes. Lo del bebé de Gloria… yo te voy a dar una respuesta.
Irene no se atrevió a preguntar más. Sacó el celular y compró el vuelo más cercano a Belgrano Norte.
Ese mismo día, Alicia se llevó a Irene de regreso y la entregó personalmente en casa de los Orozco.
Solo le dejó una frase:
—Quédate tranquila en tu casa. Espera a que Federico venga, por su propia voluntad, a casarse contigo.
Eso le bajó un poco la ansiedad a Irene.
Si había alguien que apoyaba esa boda, era Alicia.
Al salir de casa de los Orozco, Alicia se fue directo a Holding Rivadeneira.
Pablo Ibarra acababa de terminar una junta. Regresó a la oficina hecho polvo.
Cuando vio a Alicia sentada en el sillón, se le fue el alma al piso.
—¿Señora Vallejo?
Alicia se sentó derecha y señaló el asiento de al lado.
—Ven. Tengo que preguntarte algo.
A Pablo se le apretó el estómago. El mal presentimiento le cayó encima.
Se acercó y se sentó. No sabía ni dónde poner la mirada.
—Dime: el bebé que Gloria trae en la panza… ¿es de Federico?
Alicia no tenía claro si Pablo lo sabía.
Pero si alguien podía saberlo, era él.

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