Martina se puso rígida; por más que quiso, no logró ocultar el nerviosismo.
—Señora Mendizábal, eso no se puede —dijo Raúl sin titubear—. Tengo que respetar las reglas.
La señora Mendizábal abrió la bolsa, sacó un cheque y se lo extendió.
—¿Con esto alcanza?
Seis ceros. Era una cantidad brutal.
Raúl dejó la mirada un momento en el cheque y luego la alzó hacia ella.
—¿Ya va para siete meses, no? ¿Lo que quieren es saber si viene niño?
La señora Mendizábal asintió sin esconderlo.
—Dos. Con que uno sea niño…
—Entonces, ¿por qué no se revisaron antes? Ya está muy avanzado. Si no fuera niño, ¿qué harían?
Raúl se lo soltó de frente.
Martina respondió sin pensarlo:
—¡Tiene que salir al menos uno niño!
Ya no tenía la prepotencia de siempre. Se notaba más bien asustada.
La señora Mendizábal explicó, como justificándose:
—Nuestra familia está bajo muchos reflectores. Teníamos miedo de que se filtrara algo. Usted apenas se está estableciendo en Río Alicante… Si acepta, nosotros lo respaldamos. Se le acaban las preocupaciones aquí.
Era una oferta… y también una amenaza.
Si Raúl decía que no, ellos tenían forma de hacer que no pudiera seguir en Río Alicante.
Raúl entendió el mensaje. Pensó un momento.
—¿Me puede dar tiempo para pensarlo?
La señora Mendizábal asintió y sacó de su bolsillo una orden de estudios.
—Nosotras vamos para allá. Si ya lo decide, solo vaya directo.
Si Raúl no aparecía, significaba que elegía ponerse en contra de los Mendizábal.
Cualquiera, en su lugar, se habría apresurado a ponerse de su lado.
Raúl las acompañó a la salida. En cuanto cerró la puerta, le marcó a Federico.
Le repitió, palabra por palabra, lo que había dicho la señora Mendizábal.
—Acepta —dijo Federico, sin dudar.
—Mi ética profesional no me deja hacer eso —le recordó Raúl.
—¿Viene un niño?
Raúl las miró.
No había ni rastro de vergüenza en sus caras; lo único que querían era que, ya que estaba pagado, les dijera rápido.
—Solo alcanzo a ver bien a uno.
Hizo una pausa y dijo:
—Es niña. El otro está tapado, no se distingue.
A Martina se le descompuso la cara: media esperanza se le acababa de caer.
La señora Mendizábal la miró y, en sus ojos, el disgusto casi se le derramaba.
—Doctor Esquivel, tengo otra cosa que preguntarle.
Giró la cabeza y lo observó.
—Usted también es el ginecólogo de Gloria, ¿verdad?
Raúl mantuvo el gesto neutral, pero por dentro se sorprendió.
El instinto de Federico había sido demasiado certero: de verdad iban tras Gloria.

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