—Ustedes no lo digan. Yo solito.
Jaime sabía lo que hacía.
Sonaba feo, sí, pero tampoco era para decirlo todo el tiempo. Nomás cuando se le presentara la oportunidad, se lo soltaba a Federico en la cara.
O cuando Federico lo hiciera enojar, también.
Se estuvieron picando un rato, por puro gusto.
Jaime vivía un piso abajo. Después de comer, se fue.
Virginia de pronto se acordó.
—Le mandé mensaje a Lucía desde hace rato y no contesta.
Con la excusa de que Gloria ya salía del hospital, la invitó a comer.
Hace unos días Lucía andaba muy al pendiente… y de repente, nada.
—Virgi… ¿de verdad crees que deba seguir investigando? —preguntó Gloria.
Aunque ya estaba más abierta, seguía dudando.
Virginia la miró.
—A ver: si Federico te quisiera quitar a tu hijo, ¿tú irías por él o no?
—Claro —respondió Gloria, sin pensarlo.
—Ahí está. Tú sabes que con Federico, como papá biológico, tu hijo viviría mejor, no le faltaría nada… y aun así no podrías soltarlo. ¿Y tus papás? Si te perdieron, han de vivir con culpa, pensando si comías, si estabas bien, si alguien te maltrataba… las ganas de encontrarte han de ser igual o más fuertes que las tuyas de no soltar a Eduardo.
Gloria sintió un nudo en el pecho.
La balanza dentro de ella, que ya se había inclinado un poco, terminó por caer del todo con esas palabras.
—Además, tú eres buena. Tu familia no puede ser mala. No creo que te hayan abandonado así nada más.
Gloria sonrió apenas.
—¿Y tú? ¿Todavía no hay noticias de tu familia?
—¿Yo? —Virginia sonrió, pero se le notó la tristeza en los ojos—. Si yo no encuentro, ni modo. Con lo explosiva que soy, a lo mejor hasta les arruino la vida si aparezco.
—Yo voy a ver —dijo Virginia.
Se remangó y, antes de llegar a la puerta, agarró un palo decorativo que también servía para defenderse.
Se asomó por la mirilla: solo alcanzó a ver a alguien con traje.
—Es un hombre. No parece Jaime.
Virginia abrió.
Afuera estaba Federico.
—¿Y tú qué haces aquí? —Virginia no disimuló el fastidio—. ¿No te bastó con estar cuidando a Gloria en el posparto? ¿Todavía vienes a la casa a seguir con lo mismo?
Gloria se levantó y caminó hacia la entrada.
Se quedó al fondo del pasillo, y cruzó la mirada con Federico, que estaba a medias en la sombra del exterior.
Los ojos oscuros de Federico, medio ocultos por la penumbra, brillaban de una manera tan intensa que bastaba mirarlos para sentir que el corazón se sobresaltaba.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA