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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 531

—Virgi, deja que papá te lleve a casa, ¿sí? —José la miraba con profundo cariño—. Tu hermanito te está esperando, ya pedí que preparen toda la comida que te gusta.

Yolanda asentía con la cabeza sin parar. —Mamá y papá te vamos a llevar a ti y al niño a casa.

Virginia nunca había ocultado que tenía un hijo.

Al saber que su hija había sido madre soltera, a José le dolió aún más el corazón.

Se culpaba por no haberla protegido todos estos años.

—Yo... perdón, todavía me siento un poco rara. No me acostumbro a llamarlos así.

Virginia los aceptaba, pero aún no le salía decirles «mamá» o «papá».

—No te preocupes, tómate tu tiempo. Ya estamos juntos, tenemos toda la vida por delante.

A Yolanda se le notó un poco de decepción en el rostro, pero la disimuló de inmediato.

Era su hija, su propia hija.

Llevaban más de veinte años sin verse, al punto de que a Yolanda le costaba imaginar en qué clase de mujer se había convertido su hija.

Para Virginia, la palabra «mamá» seguía siendo algo lejano, casi extraño.

—Así es, poco a poco —secundó José.

José echó un vistazo rápido al departamento, clavó la mirada un segundo en Gloria, frunció un poco el ceño e insistió—: Virgi, cualquier cosa que quieras platicar, la hablamos en la casa.

Yolanda asintió. —¿Y el bebé?

—Sigue dormido, la niñera está con él —dijo Virginia, señalando una puerta cerrada al final del pasillo—. Primero quiero platicar unas cosas con ustedes.

Yolanda, que ya iba directo a la recámara para cargar al niño, se detuvo y volteó a ver a José.

Los esposos intercambiaron miradas y luego se volvieron hacia Virginia.

—Te escuchamos.

José y Yolanda seguían de pie.

Parecían no tener la menor intención de sentarse a platicar; era obvio que les urgía llevársela a casa.

Yolanda se levantó de un salto. Su reacción no fue solo una simple negativa, fue un rechazo rotundo y casi visceral.

—Virgi, no te dejes llevar por el impulso.

Gloria se soltó del agarre de su amiga. —Sé que te preocupa dejarme sola con el niño, pero ya soy una mujer adulta, voy a estar bien. Si tanta pendiente te da, déjame a la niñera un tiempo. Pero de ninguna manera puedo irme a vivir a casa de tus papás.

—¿Por qué no?

Virginia no discutió con ella, sino que se dirigió a Yolanda. —Durante todos estos años en los que ustedes no estuvieron conmigo, ella estuvo a mi lado a cada segundo. No es «como mi hermana», ella es mi hermana.

—Virgi... —Yolanda abrió la boca, intentando decir algo, pero no supo cómo empezar.

José intervino: —Mira, Virgi, la cuestión es que tenemos planeado mudarnos al extranjero, y el trabajo de la señorita Loyola está aquí. No sería conveniente para ella.

Virginia se quedó pasmada. —¿Mudarnos al extranjero? ¿Por qué?

—Tenemos nuestros motivos...

—¿Qué clase de motivos? —le reclamó Virginia—. Todos estos años ustedes pensaron que yo estaba muerta. Es obvio que alguien estuvo moviendo los hilos desde las sombras para separarnos por más de veinte años. ¿Para qué quieren llevarme a otro país? ¿Acaso no piensan investigar qué fue lo que pasó?

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