El pequeño tenía muy buen temple; aunque se había llevado un gran susto, no tardó en calmarse. Tampoco le dio miedo estar en un lugar desconocido, y se la pasó mirando a todas partes con sus enormes ojos oscuros.
Gloria seguía con los nervios de punta. En realidad, no tenía nada de apetito y no quería comer, pero lo hizo solo para cambiar de tema.
Para que Lalo no se quedara con hambre, se obligó a comer bastante.
Después de cenar, sin esperar a que Federico regresara, se llevó a Lalo a la habitación para descansar.
Pasadas las diez de la noche, Lalo por fin se quedó dormido.
Habían pasado demasiadas cosas durante el día, así que Gloria tenía la cabeza hecha un lío. Al acostarse, se sintió aturdida, como si todo lo ocurrido durante el día todavía no terminara de parecerle real.
Hasta que una voz grave y familiar llegó a sus oídos, haciéndola despertar de golpe.
—Si quiere ir, llévela usted mismo, yo no tengo tiempo...
El tono molesto de Federico se mezclaba con el sonido de sus pasos. Se detuvo en lo alto de las escaleras y bajó la voz considerablemente.
—Ya voy a colgar. Si necesita algo, busque a Pablo.
Hubo unos segundos de silencio en el pasillo, seguidos por unos pasos que avanzaron hasta la puerta de Gloria y se detuvieron.
La perilla de la puerta giró un poco y Gloria se incorporó de inmediato en la cama.
Federico abrió la puerta y su mirada se cruzó de inmediato con la de Gloria, quien lo observaba a la defensiva.
A la luz de la luna, su cabello oscuro caía sobre sus hombros; tenía el rostro pálido y unas facciones delicadas que, incluso bajo la luz de la luna, llamaban la atención.
—Sigue durmiendo, no te voy a comer.
Al ver que estaba a la defensiva, Federico le dijo de mala gana:
—Si Lalo se despierta en la noche, puedes hablarme.
Gloria asintió.
—Está bien.
Federico se recargó en el marco de la puerta, luciendo su figura alta y fornida.
—Gloria, llevas tantos años conociéndome... Dime, ¿qué defectos tengo?
La repentina pregunta dejó a Gloria completamente desconcertada.
El codo con el que se estaba apoyando ya le dolía, así que prefirió sentarse bien en la cama.
Gloria tenía el teléfono en silencio; Jaime le había marcado tres veces y ella ni cuenta se había dado.
Para cuando se fijó en la pantalla, ya habían pasado un par de horas desde sus llamadas.
Y para colmo, Jaime le había mandado un montón de mensajes.
[Gloria, ¡yo te puedo echar la mano con el asunto de los Mendizábal!]
[Confía en mí, te puedo dar todo lo que pidas, ¡pero por favor no te vayas con Federico!]
[Federico jamás hace negocios donde salga perdiendo, seguro que busca sacar provecho. ¡No confíes en él tan fácil!]
Y era cierto. Federico jamás se metía en un negocio para perder, y Gloria lo sabía mucho mejor que Jaime.
Aunque la ayuda de Jaime había llegado demasiado tarde, incluso si se hubiera adelantado, ella tampoco habría aceptado el favor así como así.
Meterse con los Mendizábal ya no era un simple problema de dinero.
Si llegaba a deberle un favor de ese tamaño, Gloria sabía perfectamente que jamás tendría cómo pagárselo.
—Jaime dice que me estoy aprovechando de la situación y que te estoy presionando. ¿Tú qué piensas? —preguntó Federico de repente.

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