—No lo es —negó Gloria Loyola.
El ceño de Federico Córdoba se relajó y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Cada quien obtiene lo que necesita —explicó Gloria.
La sonrisa de Federico desapareció de inmediato y su expresión se ensombreció.
—¿Cada quien obtiene lo que necesita? ¿Y exactamente qué es lo que necesito sacar de ti?
—Yo qué voy a saber —respondió Gloria.
—Hay muchas cosas que no sabes. —Federico le lanzó una mirada de fastidio, se dio la media vuelta y se fue.
Como dejó la puerta abierta, a Gloria le dio flojera levantarse de la cama, así que se volvió a acostar para seguir durmiendo.
Pero con tanto alboroto, se le fue el sueño. Estuvo dando vueltas en la cama y apenas logró quedarse dormida de madrugada.
A la mañana siguiente, en el Hospital de Río Alicante.
Alguien abrió la puerta del consultorio de Raúl Esquivel. Al ver de quién se trataba, se levantó de su escritorio.
—Señora Vallejo.
—Mh —asintió Alicia Vallejo, a modo de saludo.
Detrás de ella entró Irene Orozco, con un vestido gris claro y una actitud que aparentaba ser de lo más dócil.
—Señora Alicia, Qué pena que haya tenido que venir a acompañarme a estos exámenes.
—Ya, que empiecen de una vez —dijo Alicia con un tono seco.
—Señorita Orozco, pase por aquí —indicó Raúl con un asentimiento.
Los sacó del consultorio para recorrer las distintas áreas y realizar los estudios médicos. Entre las extracciones de sangre y otros análisis, pasó una hora entera.
—Para las siguientes pruebas ya no es necesario el ayuno. Si gusta, la señorita Orozco puede ir a comer algo antes de continuar —sugirió Raúl, buscando la aprobación de Alicia.
—Que coma cuando termine —sentenció Alicia sin titubear.
El rostro de Irene reflejó cierta indignación, pero aun así dijo:
—Doctor Esquivel, sigamos con los estudios lo más pronto posible para no quitarle más tiempo a la señora Alicia.
—Entonces síganme —dijo Raúl, llevándolas directamente a la sala de exploración.
—Señorita Orozco, súbase la blusa y recuéstese —ordenó Raúl, sentado frente al equipo médico, con una expresión gélida.
—Está bien. —Irene obedeció, y mientras se acostaba en la camilla, le rogó—: Sé que antes me pasé de la raya contigo, pero nunca te hice un daño real. Hay que hacer un trato otra vez, por favor. Solo tienes que alterar los resultados de los estudios, pon que después del tratamiento ya estoy completamente curada...
Había sido idea de Irene hacerse los estudios con Raúl.
Alicia no quería que nadie se enterara de este asunto y, como Raúl era gente de confianza de Federico, no dudó en traer a Irene a Río Alicante.
Lo que Irene no previó fue que no lograría comunicarse con Raúl a escondidas antes de la cita.
Desesperada, decidió jugárselo todo, convencida de que en el hospital encontraría la oportunidad de hablar con él a solas. Y por fin la tenía enfrente.
—Irene, tú y yo no somos amigos —dijo Raúl, con los ojos clavados en la pantalla del monitor, sin regalarle ni una mirada—. Si no fuera por Federico, ni siquiera nos conoceríamos.
Irene se apoyó en los codos para medio sentarse.
—¡Raúl, si no me echas la mano esta vez, estoy arruinada! ¡Te juro que me hundo, pero te arrastro conmigo!
—No es la primera vez que me amenazas con lo mismo —replicó él.
—¡Pero esta vez hablo en serio! —Irene alzó la voz—. ¡Ayúdame por última vez, te lo ruego! Te juro que después de esto haré lo que tú quieras, ¡lo que sea!

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