Raúl levantó una ceja.
—¿De verdad?
Al notar que parecía ceder, Irene soltó un suspiro de alivio. Levantó la mano derecha y juró:
—Te lo prometo. Si me ayudas a salir de esta bronca, haré lo que me pidas. ¡Si miento, que me parta un rayo ahorita mismo!
Era un juramento bastante fuerte, dándole una credibilidad casi absoluta a su desesperación.
—Y si te pido... ¿que te alejes de Federico?
Irene peló los ojos de la impresión. Agarrándose del borde de la camilla, se sentó de golpe.
—¿Entonces sí le tienes ganas a Federico? ¡No tienes vergüenza, Raúl! ¡Federico está fuera de tu alcance, así que bájate de tu nube!
Raúl dibujó una sonrisa burlona en sus labios.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió y se escuchó la voz de Alicia:
—Lo hablamos cuando regrese a la casa.
Colgó la llamada y cerró la puerta detrás de ella.
—¿Ya terminaron?
Irene ya estaba sentada. Aún tenía el gel transparente en el vientre, así que agarró un par de toallas de papel rápidamente para limpiarse y forzó una sonrisa pálida.
—Ya terminamos, señora Alicia.
—Agarra tus cosas y vamos al siguiente —indicó Alicia, viéndola salir.
Irene se acomodó la ropa lentamente y, antes de cruzar la puerta, le lanzó una última mirada a Raúl.
Él seguía con la vista fija en la pantalla, ignorándola por completo.
—Doctor Esquivel —soltó Irene en un intento de tantear el terreno—, ¿es muy grave el problema?
Se hizo un silencio sepulcral en la habitación.
Alicia, que estaba parada en la puerta, frunció el ceño y los miró de reojo.
Después de lo que pareció una eternidad, Raúl respondió con toda la calma del mundo:
—Los resultados de los estudios salen hasta mañana. Por ahora, no tengo nada que decirle.
¿Eso significaba que la iba a ayudar o no?
Con el estómago hecho un nudo por la incertidumbre, Irene no tuvo más remedio que salir y continuar con el siguiente chequeo.
***
—Le dije que yo me encargaba de cuidar a Lalo para que ustedes pudieran desayunar tranquilos, pero me contestó que no hacía falta. Que de ahora en adelante, cuando él esté en la casa, yo no tengo que cuidar al niño.
La mayordoma se notaba bastante angustiada.
—Gloria, entiendo que si el señor Córdoba te va a ayudar con Lalo, ya no me necesiten. Si es así, dímelo, no te dé pena.
Gloria negó con la cabeza de inmediato.
—¡No, para nada! Seguro lo dijo por decir. Ya ves que siempre anda hasta el cuello de trabajo, casi ni para en la casa.
—¿Tú crees? —La mayordoma no sonaba muy convencida.
Pero como Gloria ya se lo había aclarado, no quiso hacer más preguntas.
—Bueno, está bien. Corre a desayunar antes de que se enfríe la comida.
Gloria asintió y caminó hacia el comedor.
Apenas se sentó a la mesa, le pusieron enfrente un ejemplar del Diario de Río Alicante.
La nota principal de la primera plana anunciaba por todo lo alto que el poderoso José Mendizábal acababa de reconocer públicamente a su hija perdida.
Virginia Reinoso se incorporaba oficialmente a la familia. Ese mismo día, José la había llevado a la capilla privada de la mansión Mendizábal para presentarla ante la familia y formalizar su regreso.
Además, José dejaba muy en claro que la supuesta muerte de su hija hace años había sido obra de alguien más, ¡y que no descansaría hasta dar con los responsables!

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