Más que el hecho de que José Mendizábal hubiera encontrado a su hija, a los medios les interesaba saber quién era la mente maestra detrás de todo, el culpable que movió los hilos para separar a José de su propia sangre durante más de veinte años.
Las noticias llovían por todas partes y, entre tantas especulaciones, todas las indirectas apuntaban a Lucas Mendizábal.
—¿Qué crees que haga Lucas ahora?
Federico Córdoba daba golpecitos en el borde de la mesa con la punta de los dedos.
Gloria Loyola bajó el periódico matutino, lo pensó un momento y respondió:
—Hacerse la víctima y decir que él también perdió a una hija.
—Si saca una noticia así, lo siguiente que hará Lucas será liderar una búsqueda pública para encontrar a su hija, y te encontrará a ti a la vista de todos.
Federico levantó una ceja.
—Y cuando eso pase, ¿qué piensas hacer?
Virginia Reinoso ya se había reencontrado con José, por lo que mucha gente se alegraría por el matrimonio Mendizábal.
Por esa misma lógica, si Lucas también buscaba a su familia y era rechazado, los que sintieran lástima por él se convertirían en una turba dispuesta a destruir a Gloria y la llenarían de insultos.
La tacharían de mujer fría, desalmada, malagradecida con su propia sangre y dirían que no tenía el corazón de Virginia.
Su estatus como la señora Córdoba solo evitaría que la insultaran en su cara, pero no impediría que la apuñalaran por la espalda con chismes.
A Gloria le tenía sin cuidado su reputación; le daba igual si la insultaban, pero los trucos de Lucas eran inagotables y, sin duda, cada golpe sería más bajo que el anterior.
Aunque no pensara en sí misma, tenía que pensar en Lalo.
—Hay que adelantarnos a los hechos. Voy a suprimir la noticia de la búsqueda de Lucas y crearé un escándalo mucho peor para que no tenga tiempo ni de respirar.
Federico la miró con satisfacción.
—Ya casi entendiste cómo juego mis cartas.
A Gloria le pareció que eso era más una indirecta que un cumplido; una de esas jugadas donde uno sale perdiendo casi tanto como el enemigo.
—Le diré a Pablo Ibarra que frene la noticia.
Federico levantó su taza y, mientras daba un sorbo a su café, le mandó un mensaje a Pablo.
Gloria comía sin prisa, echándole un ojo a Lalo, que estaba en su carriola.
El pequeño estaba inusualmente tranquilo, medio dormido en la carriola y con la vista fija en Federico.
—El señor Córdoba es un excelente papá, muy responsable.
Apenas lo dijo, se acordó de golpe que la paternidad de Lalo era un misterio.
Le echó una mirada de reojo a Gloria para ver su reacción.
—¿Te ha marcado Virginia? —preguntó Gloria mientras bajaba los escalones más despacio.
El ama de llaves hizo una mueca incómoda.
—Le mandé un par de mensajes. Me dijo que andaba muy ocupada y no me contestó bien, pero... me pidió que la cuidara mucho a usted.
—Si te vuelve a escribir, dile que estoy muy bien.
Gloria hizo una pausa, sintiendo un nudo en la garganta.
—Y dile que...
El ama de llaves la interrumpió:
—Gloria, Virginia y usted son uña y mugre. ¿Qué es eso que no pueden decirse de frente y me usan de intermediaria? ¡No manches! Se nota a leguas que las dos se preocupan por la otra.

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