Irene sintió que el estómago se le encogía. Con la respiración entrecortada, se quedó mirando a Raúl sin poder reaccionar.
—Hace años, la señorita Orozco sufrió heridas muy graves por salvar a Federico. Eso le dejó secuelas permanentes: no podrá tener hijos jamás. Es una condición irreversible...
Las palabras de Raúl sonaron claras y contundentes.
Sin dejarlo terminar, Irene estalló:
—¡Es mentira! Raúl, lo estás inventando, ¿verdad? ¡Yo estoy perfectamente sana!
—Lo siento mucho, señorita Orozco. Yo sé que tienes información con la que podrías arruinarme, pero Federico es mi mejor amigo. No le voy a mentir. Tampoco estoy de acuerdo con que lo quieras obligar a casarse contigo usando el chantaje emocional.
Las palabras de Raúl dejaron a Alicia helada por un segundo, pero enseguida la furia le encendió el rostro.
Se levantó de golpe y ¡le plantó una bofetada a Irene con todas sus fuerzas!
—¡Ya me agarraste de tu tonta! ¿Todavía querías sobornar a Raúl para que me viera la cara? Irene, ¿así te eduqué? ¡Eres igualita a tu madre! ¡En tu vida vas a volver a poner un pie en la casa de la familia Córdoba!
Ese golpe acabó con la poca paciencia y cariño que Alicia todavía le tenía.
Llevaba más de veinte años tratándola como a su propia hija, ¿y así le pagaba?
Irene se agarró la mejilla y soltó en llanto.
—¡Señora, se lo juro que no es así! ¡Raúl es un mentiroso! Yo estoy sana. Lo que pasa es que está enamorado de Fede, ¡quiere quedarse con él!
¡Plaf!
Otra bofetada sonó en la sala.
—¡Deja de decir estupideces! Si ese chisme sale de aquí y arruina la reputación de Federico, ¡te juro que me voy a encargar de hundir a toda tu familia!
¡De ninguna manera Alicia iba a permitir que arrastraran a Federico en un escándalo así!
Ese segundo golpe fue para callarla de una vez por todas.
Aún así, le lanzó una mirada de desconfianza a Raúl.
Raúl, con la cara más seria del mundo y sin que le temblara la voz, respondió:
—No se preocupe, señora. Yo ya tengo novia.
—¡Señora, mi mamá no sabía nada! ¡Fui solo yo!
Irene solo quería que le dieran el beneficio de la duda, una oportunidad para demostrar que los resultados médicos eran falsos.
¡Su única opción era apelar a la vieja amistad entre Alicia y Helena Domínguez para conmoverla!
Sus gritos y sollozos se fueron apagando a lo lejos, dejando el consultorio en un silencio absoluto.
Federico seguía de pie junto a la ventana, sin mover un solo músculo.
Raúl se movió incómodo y lo miró.
—Yo...
Quería darle una explicación, pero ni siquiera sabía por dónde empezar.
—¿Qué es lo que realmente tiene la muchacha? —preguntó Federico, rompiendo el hielo.
—Nada —admitió Raúl con sinceridad—. Sí se lastimó el día que te salvó, pero se recuperó al cien por ciento; no le quedó ninguna secuela.

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