Federico rió por puro coraje. —Pues tendré que darte las gracias por haberme quitado a mi mamá de encima.
Raúl se encogió de hombros. —Era lo menos que podía hacer. Si ella no me hubiera amenazado en primer lugar, jamás la habría ayudado a falsificar los documentos para engañarte.
—Había olvidado ese detalle. —La sonrisa de Federico desapareció de golpe—. Con tanto tiempo ejerciendo de médico, ¿nunca se te ha ocurrido revisarte el cerebro? ¿Acaso no sabes en qué estado está tu propio cuerpo?
Raúl se rascó la cabeza, con expresión incómoda. —En ese entonces éramos jóvenes. Yo tenía muchos complejos por culpa de mi papá, y todo el mundo me evitaba. Tú fuiste el único que me ayudó, y la verdad, no sabía distinguir si era gratitud o qué otra cosa.
El rostro de Federico se ensombreció. —No digas idioteces. ¿Me vas a decir que no sabes distinguir entre gratitud y afecto? Has vivido más de veinte años en balde. Mejor lárgate de una vez y ahórrame problemas.
Dicho eso, dio media vuelta y caminó hacia la salida.
Al llegar a la puerta, se detuvo y preguntó: —¿Quién es la mujer que te gusta?
Raúl se quedó pasmado y respondió por instinto: —Bueno, no es Gloria.
Apenas lo dijo, sintió que había sobreanalizado la pregunta de Federico.
Seguramente Federico no se refería a eso, era solo una pregunta normal entre amigos.
Para su sorpresa, Federico solo soltó un «Más te vale» y se marchó sin decir más.
—Oye, espérate —Raúl frunció el ceño—. ¿No que muy amigos? Mínimo pregúntame bien. Yo también tengo mis broncas amorosas y quería que me echaras la mano.
Pero Federico ya había subido al elevador.
En el estacionamiento.
Irene no logró alcanzar a Alicia. Regresó a su coche y llamó por celular a Helena.
En cuanto contestaron, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—Mamá...
Llorando, le contó a Helena todo lo que había pasado, con lujo de detalles.
A Helena le empezó a punzar la cabeza al escucharla. —¡Híjole, esto ya se fue al diablo! Si hay algo que Alicia odia es que le mientan. ¡Ahora hasta a mí me vas a arrastrar en esto!
Al colgar, Irene recostó la cabeza sobre el volante y rompió en llanto.
Estaba en pleno berrinche cuando el celular sonó de nuevo.
Era una llamada de Martina Arrieta.
Irene se secó las lágrimas, se aclaró la garganta y contestó.
—Martina.
—Irene, andas en Río Alicante, ¿verdad? Mañana los Mendizábal van a dar una fiesta, ¿vas a ir? Federico está invitado, se lleva bastante bien con la familia del tío. ¿No decías que querías verlo?
Desde que llegó a Río Alicante, Irene le había pedido el favor a Martina de buscarle una oportunidad para toparse con Federico.
Quería platicar a solas con él. ¡Tenía que atacar por todos los frentes y no desperdiciar ninguna oportunidad!
—¡Perfecto, mañana sin falta estoy ahí!

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