Cuando Alicia regresó y tuvo al suave y pequeño bebé en brazos, el corazón se le derritió de ternura.
Tenía que admitirlo: para ella, el hecho de que Gloria le hubiera dado un nieto varón cambiaba por completo la situación.
En la zona de Belgrano Norte, todos los de la edad de Federico ya estaban casados y con hijos. Cada vez que Alicia se reunía con las señoras de sociedad, terminaba harta de escucharlas presumir a sus nietos; ya le tenían los oídos zumbando de tanto repetirlo.
Gran parte de su insistencia para que Federico se casara con Irene era precisamente porque moría de ganas de tener un nieto.
Aunque después se decepcionó de Irene, ya estaban a un paso del altar, y buscar a otra candidata habría significado perder más tiempo, sin garantía de que fuera mejor.
Pero ahora todo era perfecto. Gloria no solo era la heredera de los Mendizábal, sino que además le había dado un hijo a Federico.
—El niño es de Gloria —soltó Federico, leyendo perfectamente las intenciones de su madre—. Yo no tengo la última palabra en esto. Y hasta que ella no resuelva su situación con los Mendizábal, ni se le ocurra mencionar lo nuestro.
Alicia frunció el ceño. —¡Ni lo pienses! ¿Acaso los Córdoba tenemos que estar a su disposición? ¡Qué ínfulas se carga!
Federico lanzó una mirada de advertencia al bebé en sus brazos. —No tiene por qué esperarla, pero en ese caso deje al niño.
—¡Tú...! —Alicia le dio la espalda, aterrada de que se lo quitara—. ¡Qué mandilón! ¡Dejar que una mujer te traiga de las narices! ¿Acaso no se metió en tu cama a propósito para embarazarse?
Federico guardó silencio un instante antes de responder: —Apenas hace poco me enteré de que el hijo era mío.
Alicia se quedó helada y miró al bebé. —¿Tenía miedo de que le exigiéramos abortar si nos enterábamos?
Ella misma había sospechado al principio que el niño era de él, ¡pero Gloria lo negó hasta la muerte!
—Solo quería que el niño fuera exclusivamente suyo.
La mirada de Federico se endureció.
Alicia se sentó a su lado y, tras un largo suspiro, murmuró: —Y yo que pensaba que era ella la que no te dejaba en paz... ¿Así que tú eres el que está de aferrado?
Federico arqueó una ceja. ¿Aferrado él?
Desde que Gloria renunció hasta que se fue a otra empresa... eso no era ser aferrado, era simplemente retener a un talento indispensable. Nada más.
—¡Este es el primogénito de los Córdoba! —sentenció Alicia—. Si este niño no lleva el apellido de la familia, ¡tú también te largas de esta casa!
Maldijo internamente la poca iniciativa de su hijo.
—Exacto —respondió él, dándole toda la razón.
Cuando aún tenía prejuicios por la supuesta paternidad de Jaime, Lalo le parecía feo.
Pero ahora, cada vez que lo miraba, le parecía perfecto. Era su sangre.
—Solo espero que de grande sea más exitoso que tú —lanzó Alicia con sarcasmo.
Federico no se molestó en discutir. En silencio, fijó su mirada en Lalo.
Era increíble cómo un ser tan diminuto, que ni siquiera podía hablar, se ganaba el corazón de todos.
Alicia no lo soltaba; jugaba con él, le hacía caras, lo arrullaba...
No supo cuánto tiempo pasó hasta que el sonido de un claxon rompió el silencio desde afuera.
A través del ventanal, Federico vio a Gloria bajarse del coche.
Se levantó de un salto y le quitó al niño de los brazos a Alicia. —Gloria ya llegó. Escóndase.

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