—¿Te estás escuchando, Federico?
La cara de Alicia era un enorme signo de interrogación.
Si Gloria ya había regresado, ¿por qué demonios tendría que esconderse?
¡Ella estaba ahí de forma oficial para ver a su propio nieto!
—¿Quiere volver a verlo otro día o no? —Federico no le dio vueltas al asunto y señaló hacia el baño—. En cuanto ella suba las escaleras, usted se va.
Desde tiempos inmemorables, las amantes se escondían de las esposas legítimas.
¡Jamás se había visto que una abuela tuviera que esconderse de su nuera para poder ver a su nieto!
Además, ¡ni siquiera era seguro que esa mujer fuera a entrar a la familia!
Alicia sintió que la sangre le hervía y lo fulminó con la mirada. —¡No me voy a ir...!
Afuera, Gloria cerró la puerta del auto y se despidió de Pablo.
—Gracias. Maneja con cuidado de regreso.
—No hay de qué. Llámame en cuanto sepas algo de los Mendizábal.
Gloria asintió, observó a Pablo alejarse en el coche y se dio la vuelta para caminar hacia la casa.
A través de los amplios ventanales, le pareció ver dos siluetas moviéndose en la sala.
Dudó un segundo, pero retomó el paso. Llegó a la puerta principal y apenas puso la mano en la perilla, la puerta se abrió repentinamente desde adentro.
Federico sostenía a Lalo con un brazo mientras abría con el otro.
Ya no llevaba su habitual camisa oscura, sino ropa de estar en casa, de algodón suave.
Sus manos, de nudillos marcados, sostenían el pequeño cuerpo de Lalo con total naturalidad.
Parecía una persona completamente distinta al hombre de negocios que aterrorizaba en la sala de juntas.
—Ya llegaste.
Federico la miró un par de segundos y luego se dio la vuelta para entrar.
Gloria se quitó los zapatos, dejó su pasador en la mesa de la entrada y usó una dona negra para recogerse el cabello en un chongo desordenado.
Observó la espalda de Federico mientras arrullaba a Lalo, se quedó en silencio por unos segundos y suspiró.
—Iré a lavarme las manos y luego me das a Lalo.
Dicho esto, se dirigió hacia el baño.
—Estás de mal humor.
—Quitarte el estrés, para que dejes de estar de mal humor —respondió Federico con calma.
Gloria ya había terminado su cuarentena de recuperación y había vuelto a su peso normal.
Aun así, sumando los seis kilos del bebé, Federico subía los escalones como si no pesaran absolutamente nada.
Pero Gloria estaba aterrada. Si ella se caía no importaba tanto, ¡pero Lalo era muy pequeño!
—¡Bájame! ¡Solo necesito un rato a solas, no ocupo que me quites ningún estrés!
Además, ¿qué demonios se suponía que iba a hacer para "quitarle el estrés"?
Al sentir el inconfundible aroma a sándalo que desprendía Federico, Gloria se sintió aún más alterada.
—Estar sola puede ayudarte a tranquilizarte, pero conmigo también hay otras formas de que te distraigas.
Federico la llevó directamente hasta su habitación en el tercer piso y cerró la puerta de un golpe.
En la planta baja, Alicia, que había estado escuchando desde el baño, salió corriendo hacia las escaleras.
—¡Qué desvergüenza! ¡Abrazándose y manoseándose enfrente de su madre! ¡Si se les llega a caer el niño, me las van a pagar!
Quiso subir a reclamarles.
Pero recordando el tono amenazante de Federico, no le quedó más remedio que tragarse el coraje, dar media vuelta y marcharse.

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