—Hablas demasiado. No olvides la bronca en la que me metiste.
Federico dio justo en el clavo.
Aquel reporte médico falso de Irene lo había falsificado él.
—Ya, ya, está bien. Te echo un grito en cuanto hable con Virginia.
Raúl no sabía a qué hora iba a terminar la recepción ni cuándo podría ver a Virginia. Solo había marcado porque pensó que Federico estaría impaciente.
Federico colgó, regresó a la recámara y se acostó al lado de Lalo.
En el cuarto de Gloria, se escuchaban los reclamos exagerados de Jaime a través del altavoz del celular.
—¡¿Acaso Federico te lavó el cerebro?! ¡Llevas un buen rato ignorando mis llamadas y me contestas los mensajes a medias!
—No es que no quiera contestarte, es que siempre marcas en el peor momento —explicó Gloria con resignación.
Jaime tenía el pésimo tino de llamar justo cuando Lalo estaba durmiendo. Y cuando el bebé dormía, ella ponía el celular en silencio para aprovechar y limpiar un poco, o acomodar la ropita y los juguetes del niño.
Además de las llamadas perdidas, Jaime la bombardeaba a mensajes exigiéndole saber por qué no contestaba, y contándole puras tonterías. Gloria apenas le contestaba por compromiso.
—¡Te recuerdo que soy tu jefe! —exclamó Jaime, sacando a relucir su autoridad.
—Sí, señor Granados. ¿Sería tan amable de decirme dónde está Lucía?
Gloria quitó el altavoz, sonando agotada.
—La tengo bien guardada. ¿Cómo supiste que la tengo yo? ¿Te dijo Virginia?
Gloria se sorprendió.
—¿Virginia sabe que la tienes tú?
—Pues claro —murmuró Jaime—. Ni me digas, esa directora es más colmilluda que nada. Si no fuera porque Virginia intervino, su origen seguiría siendo un misterio.
—¿Me estás diciendo que, antes de que los Mendizábal la buscaran, Virginia ya sabía de dónde venía?
—Simón. Pero la directora esa es bien mañosa, todavía se guardó un montón de detalles. Lo más probable es que alguien la esté presionando y no se atreva a enfrentarse a Lucas.
Al terminar la llamada, Gloria se quedó pensativa en su recámara.
Solo reaccionó cuando escuchó el llanto de Lalo desde el cuarto de Federico, y se levantó de inmediato para ir a verlo.
Como hacía mucho calor en Río Alicante, la nana había sugerido no ponerle pañales desechables a Lalo y usar los tradicionales de algodón. En lo que duró su siesta, Lalo había dejado un enorme charco en la cama de Federico.
—¿Y la nana? —recordó Gloria de pronto, cayendo en cuenta de que no la había visto desde que llegaron a la casa.
Federico, que tenía un pañal de tela en la mano e intentaba ponérselo a Lalo, respondió:
—Tenía... unos asuntos. Pidió medio día libre.
Gloria le quitó el pañal de las manos.
—Yo lo hago.
Le cambió el pañal al bebé y lo acostó en su carriola.
—Bájalo un rato, yo te ayudo a limpiar este desastre.

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