—Llévatelo tú. Yo me encargo de esto.
Federico empezó a quitar las sábanas; un pañal empapado cayó al piso grisáceo.
Con el rostro impasible, aventó la ropa de cama sucia directamente a la lavadora con movimientos rápidos.
—Bueno, me salgo entonces. Al rato vengo a recoger esto.
Gloria se refería al pañal que había quedado tirado.
Bajó con Lalo, le dio de comer y se quedó jugando un rato con él.
Federico subió y bajó las escaleras varias veces, quién sabe haciendo qué tanto.
Cuando Lalo se volvió a dormir, Gloria se preparó para lavar todos los pañales que se habían ensuciado en el día y tenderlos. Pero al salir al balcón, vio que junto a las sábanas verde claro, ya estaban colgados los pañales escurriendo agua.
¿Los había lavado Federico?
Y a mano, para colmo.
—¿Ya se durmió?
Mientras seguía asombrada, la voz de Federico la sorprendió desde atrás. Al voltear, lo vio colgando una ropita amarilla en el tendedero con un gancho pequeño.
—Yo podía lavarlos, no tenías que molestarte.
Aunque a la nana le pagaban, a Gloria le daba pena ponerla a lavar pañales de tela. Mucho menos se hubiera imaginado a Federico lavándolos.
Federico esquivó la mano de Gloria cuando intentó quitarle la ropita, la colgó con cuidado, se dio la vuelta y la miró fijamente.
—Lávate las manos y vente a comer.
Dicho esto, se dirigió al comedor.
—¿Eh? —soltó Gloria confundida, siguiéndolo hasta el comedor. Solo entonces se dio cuenta de que él había preparado la comida.
Había varios guisados y una sopa.
Gloria se sintió aún más apenada.
—De verdad, de ahora en adelante yo me encargo de todo esto.
Federico jaló una silla y se sentó.
—Va, luego lo haces tú, pero ahorita siéntate a comer —dijo con voz grave.
Ya casi atardeciendo, la nana regresó. Venía cargando una bolsa enorme llena de verduras, sudando a mares.
—¿Por qué compraste tanta verdura?
—No las compré. Fui a visitar a una comadre que vive a las afueras y las corté de su huerto. Ella misma las siembra, sin químicos ni nada, puro producto natural y sano.
La nana sonrió, tratando de quedar bien.
—Alguien tan importante como el señor Córdoba seguro es muy exigente con comer saludable.
Federico estaba sentado en la sala trabajando en su laptop, con Lalo a un lado, sacando pequeños eructitos de leche. Al escuchar a la nana, levantó la vista y asintió levemente.
—Se le agradece el esfuerzo.
—¡No es ninguna molestia, para eso estamos!
La nana se llevó las bolsas a la cocina, lavó todas las verduras y las acomodó en el refrigerador.
En un descuido de Gloria, Federico ya se había acomodado junto a Lalo para seguir trabajando. Así que ella mejor se metió a la cocina a ayudar.
—Ay, señora Gloria, sálgase de aquí, yo me encargo de todo —le dijo la nana, haciéndole señas con las manos—. ¡Déjeme hacer algo en esta casa, si no el señor Córdoba me va a terminar corriendo!

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