Lucía se levantó de un salto del sofá y corrió hacia Gloria, agarrándole las manos. Su rostro, ligeramente demacrado, reflejaba una súplica desesperada.
Gloria retiró las manos.
—Te dejarán ir con una condición: dime la verdad.
—¿Cuál verdad? —Las lágrimas de Lucía comenzaron a brotar—. Yo solo recibía dinero a cambio de hacer el trabajo sucio. No sé nada de lo que había detrás. En ese entonces, la señora Mendizábal me dio una buena suma de dinero para que las llevara conmigo, a ti y a Virginia, pero no tengo idea de qué estaba pasando en realidad.
Jaime bufó molesto al escucharla.
—Eso no fue lo que dijiste hace rato. ¿Cuál es la verdad?
—Lo dije a propósito, solo para que me dieran comida y techo aquí. Ahora... si salgo de esta casa, ¡soy mujer muerta!
Lucía miró por la ventana, con un destello de anhelo por la libertad en los ojos.
—Soy la única que sabe lo que pasó, los Mendizábal seguro me están buscando. Si caigo en sus manos, ¡mi final será horrible!
—Si sabes que los Mendizábal no van a tener piedad de ti —replicó Gloria—, entonces deberías ayudarme a acabar con ellos.
Lucía se quedó pasmada y fijó su mirada en Gloria.
—¿No quieres regresar a la familia Mendizábal?
Gloria guardó silencio.
—¡Por fin Lucas está pagando todo lo que hizo! —Lucía soltó una carcajada repentina, extraña y escalofriante—. Qué bueno que no quieres volver. Ese hombre es un traidor, un desgraciado. Si cruzas la puerta de los Mendizábal, te van a destrozar.
Gloria apenas había visto a Lucas un par de veces, y la impresión que le había dado siempre fue mala.
Ahora, al escuchar las palabras de Lucía, un escalofrío le recorrió la espalda.
—Si tienes algo en su contra, puedes decírmelo. Tal vez yo pueda ayudarte.
La mirada de Lucía se deslizó lentamente por el rostro de Gloria.
—Por tus venas corre la sangre de Lucas, eres igual de fría y desalmada que él. ¡Virginia es la verdadera víctima aquí! ¡No creo ni una sola palabra de lo que dices, Gloria! Si estás en esta situación, ¡es culpa de esos padres desalmados que tienes! ¡Y te lo tienes bien merecido!
Lucía comenzó a acorralar a Gloria.
—¿Seguro que estás bien? Estás sangrando mucho, mejor vayamos al hospital.
No quería ni mencionar a los Mendizábal.
—De verdad estoy bien. Oye... ¿te llevo a tu casa?
—No es necesario. Si estás bien, ya me voy.
Gloria le entregó el paquete de pañuelos.
—Ve a curarte esa herida cuanto antes.
Dicho esto, se dio la vuelta y se subió a su coche.
Jaime caminó hasta su ventana.
—¿Tú estás bien?

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