Gloria no parecía estar bien en absoluto.
Tenía el rostro pálido y sus ojos, antes tan vivos, ahora se veían apagados.
—Estoy bien. Ve a curarte la herida, no te preocupes por mí.
Esbozó una sonrisa forzada y desvió la mirada hacia la casa.
Lucía estaba parada frente al gran ventanal, golpeando el vidrio con desesperación mientras gritaba algo con una expresión desquiciada.
Aquella imagen era verdaderamente escalofriante.
—De acuerdo, vete con cuidado. No te apures por mí, este rasguño no es nada.
Jaime se hizo a un lado y agitó la mano para despedirla.
Ver a Lucía en ese estado solo lograría lastimar aún más a Gloria.
Una vez que el coche de Gloria se perdió de vista, la expresión de Jaime se volvió seria, casi sombría. Giró la cabeza para mirar a Lucía una vez más.
—Vigílenla bien —ordenó a su guardaespaldas—. Quiero que investiguen hasta la última generación de su familia. Necesito saber qué relación exacta tiene con los Mendizábal y quiero conocer con lujo de detalle todo lo que pasó en el pasado.
El hombre asintió.
—¡Sí, señor Granados!
Jaime se dio la vuelta, soltó un quejido repentino y se subió al auto haciendo muecas de dolor.
—¡Puta madre, cómo duele! ¡Maldita vieja del demonio!
***
En un semáforo, el claxon de un auto sacó a Gloria de sus pensamientos. La luz ya estaba en verde.
Pisó el acelerador y avanzó.
El asunto de los Mendizábal era un desastre sin fondo, y cualquiera que se acercara acababa embarrado.
No solo Federico estaba metido, ahora también Jaime. No podía permitir que siguieran involucrándose por ella.
Durante todo el trayecto a casa, no dejó de darle vueltas a lo que haría a continuación.
Al llegar, sin siquiera entrar, sacó su celular y marcó el número de Jaime.
Él respondió rápidamente.
—¡Ay, carajo, mi brazo! Gloria, ¿qué pasó?
—¿Ya fuiste a que te curaran la herida? —fue lo primero que preguntó.
Eran, sin lugar a duda, Federico e Irene.
Se detuvo. Se quedó de pie detrás de la cerca, observándolos a través del espeso follaje de las plantas.
—Fede, no te estoy pidiendo que me perdones, ni siquiera te pido que volvamos a ser lo de antes, pero por favor, no dejes que esto arruine la relación entre nuestras familias. Mi mamá y tu madre han sido amigas por muchísimos años.
Irene tenía los ojos llenos de lágrimas y hablaba con una voz tan suave que inspiraba lástima.
Federico estaba de espaldas a Gloria. Con una expresión indescifrable y su tono habitual, se limitó a decir:
—¿Ya terminaste?
—Ya terminé —asintió Irene—. Me retiro entonces.
Federico no respondió.
Al darse la vuelta, la mirada de Irene se cruzó directamente con la de Gloria, quien seguía afuera de la cerca.
Irene detuvo el paso, fingió no haberla visto y volvió a centrar su atención en Federico.
—Fede, tú... ¿estás enamorado de Gloria?
—No es de tu incumbencia —respondió él secamente.

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