—Si no te gusta, ¿por qué te metes en los asuntos de los Mendizábal? —insistió Irene.
—Por cuestiones de trabajo. La sucursal necesita establecerse firmemente en Río Alicante, y para eso es indispensable deshacerse de los Mendizábal. —Los ojos oscuros de Federico estaban llenos de una fría distancia—. ¿Terminaste de preguntar?
—Así que tampoco lo hacías para ayudar a Gloria, solo buscabas una excusa perfecta para quitar a los Mendizábal del camino. —Irene sonrió débilmente—. Ya terminé de preguntar. Por favor, piénsalo bien. Me voy.
Tras decir eso, caminó por el sendero de piedras, salió de la propiedad y se topó de frente con Gloria, que seguía parada afuera.
Para entonces, Federico ya había entrado a la casa.
—Gloria, si crees que vas a retener a Fede con tu hijo, estás muy equivocada. Para él no eres más que una pieza útil. Si no fuera por tu relación con los Mendizábal, ni siquiera te habría tomado en cuenta.
Irene no escatimó en su tono burlón:
—Heredera de los Mendizábal... suena muy imponente, pero en los círculos de Río Alicante todos saben que Lucas y su mujer son unas víboras. ¡La sangre de los Mendizábal está podrida, y ese niño que pariste solo vino a ensuciar el linaje de los Córdoba! No es digno de entrar en su familia...
—Tú sí eres muy digna, ¿y por qué no te dejaron entrar a ti? Te cancelaron el compromiso el mero día de la boda. Eres una novia desechada que solo viene aquí a escupir veneno para sentirse mejor. Pero delante de Federico no eres más que una arrastrada, y él ni siquiera se digna a mirarte. ¿Qué vienes a presumirme a mí?
Gloria interrumpió la cascada de insultos de golpe.
Lalo era su punto más sensible, pero también la razón por la que no pensaba dejarse pisotear.
No volvería a tolerar las insolencias de Irene, porque sabía que, si le daba la más mínima oportunidad, esa mujer se le subiría encima.
Al fin y al cabo, Irene siempre había sido de esas personas abusivas que se salen con la suya y todavía se hacen las víctimas.
—Tú...
—Y para que te quede claro, el niño es mío, no de Federico.
Gloria corrigió sus palabras, pasó por un lado de Irene, entró al patio y cerró la puerta en su cara.
Por una de las ventanas abiertas de la casa, se escuchó el llanto de un bebé.
Irene lanzó una mirada llena de veneno hacia la casa y se fue con la amargura reflejada en los ojos.
Gloria entró a la casa, se cambió los zapatos, dejó su bolsa a un lado, y notó que su semblante no era el mejor.
Margarita ya había llegado y estaba en la cocina preparando el almuerzo junto con el ama de llaves.
Federico tenía un pañal limpio en la mano, listo para cambiar a Lalo.
Gloria se acercó y le quitó el pañal.
Federico se quedó inmóvil en la sala y la siguió con la mirada hasta que desapareció. Tras unos segundos, recuperó la compostura, sacó su celular y llamó a Pablo.
—Averigua qué pasó hoy cuando Gloria fue a ver a la directora del orfanato.
—Sí, señor —respondió Pablo y se dispuso a investigar de inmediato.
Unos cinco o seis minutos después, Pablo regresó la llamada.
—Jaime también fue, pero no sabemos de qué hablaron. Lo único que me reportaron es que, cuando salían, Lucía perdió el control y le lanzó un cenicero. Lo hirió y tuvieron que llevarlo al hospital; lo atendió el doctor Esquivel.
¿Jaime estaba herido?
¿Acaso Gloria estaba actuando así por eso?
La expresión de Federico se volvió sombría y colgó el teléfono de golpe.
Enseguida, su celular volvió a sonar. Era Raúl.
—Jaime vino para que le cosiera una herida, y resulta que Gloria lo llamó muy preocupada. ¿Qué onda con esos dos?

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