—¡Qué barbaridad! —Alicia se levantó de un brinco—. ¡Ningún niño ajeno a la familia va a convertirse en heredero de los Córdoba! ¡Sácate esa idea de la cabeza de una buena vez!
—Ah, claro —atacó Helena—. ¿Los herederos de su familia no pueden ser ilegítimos, pero sí dejan que una cualquiera de clase baja como Gloria cruce su puerta? ¿No te da miedo que alguien como Gloria manche el apellido de tu familia?
—A mí no me importa tanto el estatus social —le soltó Alicia con frialdad—. ¡Si nos pusiéramos exigentes, su familia tampoco tendría nivel para rozarse con los Córdoba!
—¿Qué me quieres decir con eso, Alicia? —Helena la señaló con el dedo, indignada—. ¡Si hoy no me das una explicación lógica, aquí se acaba nuestra amistad de tantos años! Voy a buscar a alguien que nos sirva de testigo para que la gente vea lo injustos y prepotentes que son en tu familia. Ay, mi pobre niña Irene...
Dicho esto, se dejó caer pesadamente en el sofá y empezó a berrear con más fuerza.
Alicia detestaba esa actitud.
Cuando Helena se quedaba sin argumentos, simplemente dejaba de usar la razón y empezaba a hacer berrinche.
—Hazte cargo tú —soltó Alicia, dándose media vuelta para irse.
Al ver que escapaba, Helena se levantó de un salto para ir tras ella.
—¡Helena, compórtese! —la detuvo Federico de inmediato.
—¡No voy a platicar contigo, voy a platicar con tu madre! —gritó Helena, intentando esquivarlo.
—Raúl ya me confesó toda la verdad sobre el estado de salud de Irene —le advirtió Federico en voz baja—. Si no he destapado su mentira, es únicamente para no arruinar a los Orozco. Pero si usted insiste en hacer el ridículo... no me culpe por olvidarme de los años de amistad.
Helena se quedó helada y lo miró con los ojos muy abiertos.
—Usted también fue cómplice de este teatro. Si mi madre se llega a enterar, le aseguro que será la primera en destruir a su familia.
Era verdad.
Alicia prefería cargar con la fama de ser una familia cruel antes que permitir que Irene formara parte de los Córdoba.
Si llegaba a descubrir que todo había sido una estafa, su coraje se multiplicaría por cien y a los Orozco no se la iban a acabar.
—¿Ah, sí? —Alicia ató cabos rápidamente. No había volado hasta ahí solo para defenderla de Helena—. Si te quedas, ¿qué va a pasar con Gloria y mi nieto? ¿Cómo me vas a mandar las fotos y los videos del niño?
—Margarita los está cuidando. Si no le mando nada, pues aguántese y no lo vea.
Alicia se dio cuenta de que algo andaba mal.
Empujó el plato de comida intacto.
—No señor, te me regresas ahorita mismo. Tú solito dijiste que cualquier problema que tuvieras con Gloria lo iban a resolver hasta que se arreglara lo de los Mendizábal. ¿Por qué haces berrinche ahora?
Lo que más le pesaba en el fondo era no poder ver a Lalo.
—Le digo que me quedaré aquí unos días... —insistió Federico frunciendo el ceño.
—¡Que no! —Alicia se levantó, dispuesta a correrlo—. Te vas ahorita mismo. Te lo advierto: Lalo está justo en la etapa donde empieza a reconocer caras. Si te peleas con Gloria y el niño no se encariña contigo, jamás te va a ver como su papá. ¡Y si mi nieto no regresa a la familia Córdoba, tú tampoco vuelvas a poner un pie en esta casa!

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