Pensando en lo que más les convenía, Alicia concluyó que Federico no podía separarse de Lalo ni un solo segundo.
A Federico lo habían echado de la casa en pantuflas. Tomó su celular y le marcó a Pablo Ibarra para que pasara a recogerlo.
Pero para su mala suerte, el coche de Pablo se descompuso a medio camino.
Así que no le quedó de otra que llamarle a Gloria.
Temprano por la mañana, Gloria apenas terminaba de arreglarse cuando recibió la llamada de Pablo.
Él le mandó una ubicación. Era una de las propiedades de la familia Córdoba en Río Alicante. Gloria recordaba que Alicia se había quedado ahí durante un viaje de negocios; de hecho, ella misma le había hecho los arreglos.
—¿Que el señor Córdoba no se fue en su coche? —le preguntó a Pablo.
Del lado de Pablo había mucho ruido; los cláxones de los coches no dejaban de sonar.
—No sé qué pasó —respondió él—. De la nada me marcó para pedirme que fuera por él urgentemente. Seguro pasó algo. Gloria, por favor, date una vuelta rápido. ¡El pronóstico dice que va a caer un tormentón en un rato!
El clima bipolar de Río Alicante ya la tenía harta.
—Entendido. —Gloria colgó, dejó a Lalo al cuidado de Margarita y el ama de llaves, y agarró su coche para ir por Federico.
Media hora después, se estacionó a unos metros de llegar a la casa.
Gloria no se bajó. Sacó su celular para marcarle a Federico, pero al echar un vistazo casual por la ventana, vio nada menos que a Helena y a Irene.
Irene había acompañado a su madre, aunque no se había atrevido a entrar.
En cuanto Helena cruzó la puerta hacia afuera, se secó las lágrimas y recuperó la compostura. Tenía que ser el pilar de su hija. Después de consolar a Irene un buen rato, ambas decidieron esperar a que Federico se fuera para poder platicar a solas con Alicia.
Aunque Federico había tenido cierta decencia y no las había humillado del todo, en el fondo sabían que él era mucho más frío e implacable que Alicia.
Alicia solía hablar fuerte, pero rara vez llegaba a los extremos. Federico, en cambio, solía dar el beneficio de la duda, pero si le colmabas la paciencia, no se tentaba el corazón para destruirte.
La mirada de Federico se endureció de inmediato.
—Ignóralas. Vámonos.
Como las mujeres de la familia Orozco no ubicaban el coche de Gloria, lo vieron pasar de largo sin sospechar nada, y se quedaron ahí plantadas esperando.
Federico le mandó un mensaje a Pablo ordenándole que le avisara a la administración del complejo que tenían prohibido dejar entrar a esas dos.
A mitad de camino, se soltó el aguacero. Los limpiaparabrisas iban a todo lo que daban, pero no se veía casi nada hacia adelante. Gloria prendió las intermitentes y se orilló para esperar a que pasara lo peor.
—La verdad, no tienes por qué quedarte en Bahía Montero —dijo ella, rompiendo el silencio del interior, que contrastaba con el fuerte golpeteo de la lluvia sobre el toldo.
Federico, que tenía el codo recargado en la puerta, giró la cabeza para mirarla de reojo.
—¿Qué otra cosa crees que "no tiene caso"? De una vez, desembucha.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA