Era evidente que Federico estaba de un humor de perros.
Gloria lo notó y bajó un poco el tono de voz.
—Solo digo que es mucho relajo estar yendo y viniendo.
—La verdad que sí. —Esa fue su única respuesta después de un rato.
Gloria no supo cómo tomar ese comentario y se le quedó viendo, pero él clavó la mirada en la ventana, dándole por terminada la plática.
Tuvieron que esperar más de diez minutos a que bajara la lluvia para poder arrancar. Para cuando llegaron a la casa, ya era casi mediodía.
Gloria metió el coche directo al garaje. Ambos entraron por la puerta de servicio, pasaron a lavarse las manos como si se hubieran puesto de acuerdo, y luego caminaron directo hacia donde estaba Lalo.
Federico se le adelantó un paso a Gloria y fue el primero en tomar a Lalo de los brazos del ama de llaves.
—Señor, ¿ya llegaron? —Margarita salió de la cocina secándose las manos—. La señora sabía que venía para acá y me pidió que le preparara unas costillitas al horno, sus favoritas. La comida ya casi está lista, pasen a sentarse.
Gloria, que se había quedado con las ganas de cargar a Lalo, iba detrás de Federico buscando el momento para arrebatárselo. Al escuchar el comentario de Margarita, frunció el ceño.
¿En qué momento le había pedido ella a Margarita que hiciera costillitas al horno?
Federico, que le estaba agarrando la manita a Lalo, sin darse cuenta, su expresión se suavizó..
—Gracias.
Dio media vuelta y se llevó al bebé hacia el comedor. Gloria prefirió no armar un alboroto, así que lo siguió y tomó asiento a su lado.
—Ya, pásame a Lalo.
—Yo lo cuido. —Federico acomodó a Lalo en el portabebés y lo acercó a su silla.
A Gloria le resultaba extrañísimo el comportamiento de Federico. Se la pasaba consintiendo a Lalo, cuidándolo como si fuera su propio hijo, pero al mismo tiempo no perdía la oportunidad de soltarle comentarios sarcásticos a ella, dejándole muy en claro que había una barrera entre los dos.
—Oye, quería comentarte algo —empezó a decir Gloria con cautela—. ¿Crees que podrías poner a alguien a vigilar a...?
—Dile a Pablo —la cortó Federico de tajo—. Este asunto con los Mendizábal tiene que arreglarse ya. Entre más rápido, mejor. Cualquier cosa que necesites, pídesela directo a él.
Pablo ya le había dicho lo mismo, pero, a fin de cuentas, Pablo era empleado de Federico. Gloria solo quería avisarle por cortesía antes de darle órdenes a su asistente.
Gloria estuvo a punto de preguntarle si no la iba a acompañar, pero luego pensó que los Mendizábal venían a buscarla a ella; él no iba a gastar su energía lidiando con gente ajena.
De la misma manera en que jamás movía un dedo por ella sin tener un motivo.
Hasta hace poco, juraba que la repentina insistencia de Federico por reanudar su matrimonio tenía que ver con Irene.
Jamás se imaginó que todo era una estrategia de negocios para darle un golpe a Lucas Mendizábal.
Había tratado con todas sus fuerzas de bloquear las palabras que Federico le había dicho a Irene.
Sin embargo, en momentos como este, esos recuerdos volvían de golpe y la dejaban helada.
Gloria se acomodó la ropa y bajó. Al ver a Lucas y a la señora Mendizábal sentados en la sala de estar, sintió una opresión en el pecho.
Sobre la mesa de centro había un cerro de juguetes y ropita nueva para bebé, suplementos carísimos para la recuperación posparto y estuches con joyas.
Cuando Gloria se acercó, el matrimonio se puso de pie.
—Gloria, hija... Te hemos estado marcando, ¿por qué no nos contestas?

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