La señora Mendizábal habló con un tono suave y pisando huevos:
—Ya no sabíamos qué más hacer, por eso nos atrevimos a venir a buscarte sin avisar. Por favor, no te enojes.
Gloria le echó un vistazo a los regalos.
Todo era de marcas de diseñador; cualquier juguetito de ahí no bajaba de los miles de pesos.
—Señor Mendizábal, señora Mendizábal. Creo que ya dejé mi postura más que clara.
—¿Clara de qué? —A la señora Mendizábal se le empezaron a escurrir las lágrimas.
Ya traía los ojos hinchados como sapo, señal de que se la había pasado llorando. Con este nuevo arranque, se le pusieron todavía más rojos.
—¡Eres nuestra hija, nuestra hija, la niña que tanto buscamos! ¿Cómo quieres que estemos tranquilos sabiendo que no quieres nada con nosotros?
El llanto solo hizo que a Gloria se le formara un nudo de tensión en la frente.
—Entendemos que fue un golpe duro lo que te dijimos la última vez —intervino Lucas—. Y si no quieres aceptarlo, está bien, el niño es todo tuyo. Pero no solo nos preocupa el qué dirán sobre ti, también nos angustia que el día de mañana la gente empiece a ver raro a la criatura por no tener una familia que lo respalde.
Ese discurso de abuelo preocupado habría sido bastante convincente si no fuera porque su rostro no mostraba ni una gota de verdadera emoción.
La señora Mendizábal dio un paso al frente con actitud suplicante.
—Regresa a casa con nosotros, por favor. Tú y Virginia crecieron juntas en el mismo orfanato, las dos llevan la sangre de los Mendizábal en las venas. Sería hermoso que pudieran llevarse como una verdadera familia, ¿no crees?
—¿Tratarnos como hermanas o matarnos como enemigas? —replicó Gloria con ironía.
Las caras de los señores se descompusieron por un instante.
—Me quedó clarísimo el trato que me dio la familia de Virginia la última vez. Se nota a leguas que ustedes no se soportan. No me interesa meterme en esa pelea de perros por la herencia de los Mendizábal. Y tampoco quiero su dinero.
Entre los dos la estaban bombardeando a preguntas.
Era obvio que el cuento de "queremos que regreses a la casa" era una mera excusa para venir a sacarle la sopa.
—No me interesa su dinero, ni mucho menos sus teatros familiares. Lo que pase con mi hijo y conmigo es problema mío. No les voy a contestar absolutamente nada.
La postura de Gloria era inquebrantable.
Lucas y su esposa cruzaron miradas.
La señora Mendizábal bajó la mirada, derramando más lágrimas falsas.
—Todo es mi culpa... llegué demasiado tarde a tu vida. Seguro alguien te está metiendo ideas a la cabeza...
—Solo dinos por qué te aferras a no regresar —insistió Lucas, tratando de leer entre líneas la relación de su hija con Federico—. ¿Fue mi hermano quien te lavó el cerebro? ¿O será que... prefieres quedarte con el señor Córdoba y a él no le conviene que vuelvas con nosotros?

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