—¿Te tiene amenazada con quitarte al niño si regresas con nosotros?
La señora Mendizábal echó un vistazo a su alrededor y, al confirmar que no había moros en la costa, intentó envenenarle el oído:
—Tú no le tengas miedo a ese hombre. Ahora nos tienes a nosotros para respaldarte. Aunque nos cueste la vida, te vamos a sacar de aquí junto con el bebé.
A Gloria le empezó a palpitar la sien.
Nunca le había hecho tanto sentido el dicho de "no hay peor ciego que el que no quiere ver".
—Sí, fíjense que sí —respondió ella, recurriendo al sarcasmo—. Federico me tiene secuestrada. No nos deja salir. Y les aviso de una vez que todo lo que acaban de decir quedó grabado en las cámaras ocultas que hay por toda la casa. Así que la tienen difícil. Van a tener que irse a la guerra contra los Córdoba. Pero no se preocupen, seguro los hacen pedazos en los medios y logran rescatarme. Bueno, a lo mejor el imperio de su familia termina en bancarrota, ¡pero hey! ¡Al menos estaremos juntos por fin!
Ya encarrerada, decidió seguirles la corriente y echarles la bolita.
—Supongo que no me van a dejar sola en esto, ¿verdad?
Lucas y la señora Mendizábal se quedaron helados.
Abrieron los ojos como platos y se le quedaron viendo fijamente, sin saber ni qué contestar.
—Hagamos un trato —prosiguió Gloria—. Yo les redacto una estrategia detallada para sabotear todos los proyectos del Holding Rivadeneira durante los próximos seis meses. Seguro les va a costar una millonada a su Grupo Mendizábal, pero le van a meter un buen susto a la empresa de Federico. Va a ser su primera declaratoria de guerra. Como yo no le importo tanto a Federico, dudo que se ponga a tirar dinero a lo loco por retenerme; lo más seguro es que me deje ir en paz.
Enfrentarse al Holding Rivadeneira era un suicidio financiero. El Grupo Mendizábal terminaría hecho cenizas.
Para la empresa de Federico, el daño no pasaría de una pérdida que, en el peor de los casos, no pasaría del diez por ciento.
La diferencia de poder y recursos dejaba clarísimo que Lucas no tenía con qué darle batalla.
Pero...
Ante el sepulcral silencio, Gloria sonrió de lado.
—¿Qué pasó? ¿Ya se echaron para atrás? ¿No que daban hasta la vida con tal de rescatarme?
—A ver, a ver, una cosa es irnos a los golpes y otra muy diferente es que nos traigas a ciegas —balbuceó Lucas, visiblemente incómodo por la arrastrada que le acababan de dar—. Lo que tratas de decir es... ¿que el niño sí es hijo de Federico?
—En efecto. —Gloria asintió sin titubear.
Subió las escaleras a paso lento. Al llegar a la puerta de su cuarto, se detuvo un segundo y se dio unas palmaditas en los cachetes para borrar cualquier rastro de estrés.
Luego, giró la perilla.
Lalo seguía dormidito. Federico, que estaba recostado de lado protegiendo al bebé, entreabrió los ojos para mirarla.
—Ya se fueron —le avisó Gloria—. Si quieres, puedes irte a descansar a tu recámara.
Federico se veía un tanto aletargado por llevar tanto rato acostado. Se acomodó boca arriba, entrelazando las manos detrás de la nuca.
—Voy a dormir otro rato.
Y sin más, cerró los ojos.
Gloria amagó con protestar, pero prefirió guardarse el comentario y se acostó del otro lado.
Al respirar, le llegó la mezcla del olorcito a talco y leche del bebé con la distintiva loción amaderada de Federico.

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