Gloria y Tomás se habían topado muy pocas veces en la vida, y como ella llevaba el cubrebocas puesto, Tomás ni siquiera se dio cuenta de quién era, aunque ella estuvo moviéndose frente a él durante un buen rato.
El problema era que no tenía nada de experiencia. Para cada paso del masaje, tenía que andar revisando de reojo el manual de capacitación.
Tomás estaba recostado en la camilla con las manos detrás de la nuca, observando sin prisa cómo se hacía bolas.
Aunque no la había reconocido, a ese paso no iba a tardar en darse cuenta de que algo andaba mal.
—Señor Mendizábal, póngase cómodo. —Gloria se acercó a la cabecera—. Voy a empezar con un masaje en la cabeza para que se relaje.
Tomás bajó los brazos y por fin abrió la boca: —¿Eres nueva?
Gloria asintió.
—Yo no quiero novatas. ¿Acaso en este spa no se saben mis reglas? —se quejó Tomás, aunque de todos modos se acomodó en la camilla.
Gloria tomó asiento y empezó a masajearlo con una técnica que de profesional no tenía nada.
—Una disculpa, señor. La persona encargada de atenderlo tuvo un contratiempo y no pudo venir. Las demás masajistas están ocupadas, así que me mandaron a mí. Al final le hacemos un descuento en la cuenta, y si algo no le parece, con toda confianza me avisa.
Tomás soltó una carcajada burlona, pero no dijo más.
Cerró los ojos, perdido en sus pensamientos. No se le veía con esa actitud altanera de las veces anteriores.
—¿Está bien así de fuerza? —preguntó Gloria de nuevo.
—Sí, sí, síguele. Voy a dormirme un rato —ordenó Tomás, dejando claro que le molestaba la plática.
Gloria cerró el pico y siguió masajeándolo con cuidado. Buscó una zona donde tuviera bastante cabello y, con un ligero jalón...
Le arrancó un par de pelos.
Tomás apenas frunció el ceño, pero no hizo mayor escándalo.
—Permítame un segundo, voy por el aceite esencial.
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