Que él la defendiera le inyectó seguridad a Isabela.
Escondida detrás de la espalda de Marcelo, como si fuera la víctima de una enorme injusticia, empezó a sollozar mientras atacaba de vuelta:
—¡Marcelo, nos tiene envidia! Escuché que esta mañana la vieron salir de un hotel, quién sabe con qué tipo se habrá revuelcado...
Antes de que Isabela pudiera terminar la frase, Belén arremetió de frente.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, agarró con fuerza la larga y arreglada melena de Isabela y dio un tirón brutal.
—¡Aaah! —lanzó Isabela un grito desgarrador.
Con reflejos rápidos, Marcelo agarró a Belén y la jaló hacia atrás.
Pero fue demasiado tarde; Belén ya tenía varios mechones de cabello, con todo y raíz, bien apretados en su puño sin que nadie lo notara.
—¡Qué te pasa!
Marcelo palideció, enfurecido, y por puro impulso la empujó. La fuerza que usó no fue poca; el golpe tomó a Belén desprevenida, la hizo tambalearse y tropezar hacia atrás, hasta que su frente se estrelló contra la esquina de metal de una mesa.
Hubo un sonido seco. El mundo entero enmudeció un instante. Un líquido tibio escurrió por la frente de Belén y le nubló la vista.
Se frotó con la mano y su palma quedó cubierta de un rojo chillón.
El salón se convirtió en un caos. Todos entraron en pánico. Hubo gritos de asombro y bocanadas de aire ahogadas.
Algunos de sus antiguos compañeros de la preparatoria, quienes habían sido testigos de cómo Marcelo idolatraba a Belén en el pasado, mostraron una mezcla de miedo y asombro en sus rostros.
Tenían el recuerdo claro del último año de la prepa, cuando un chico despistado tropezó con Belén sin querer mientras jugaba. Ella se raspó apenas las rodillas. Marcelo se enfureció tanto ahí mismo que de una sola patada mandó al chico volando varios metros, dejándolo hospitalizado.
Pero muy pronto todos volvieron a la realidad. Marcelo no recordaba nada. Y la chica que ahora tenía en un pedestal era Isabela.
Así que, de repente, los murmullos aterrorizados se transformaron en preocupación por Isabela:
—¿Isabela, estás bien?
—¡Cielo santo, te arrancó el cabello!


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