Cuanto más investigaba, más miedo sentía. Dejó el desayuno a medias, salió de casa y tomó un taxi deprisa hacia el hospital.
Al llegar, tuvo que hacer fila para sacar una cita.-
Alba pidió específicamente una ginecóloga, una doctora de edad y con experiencia.
Le daba demasiada vergüenza que la atendiera un médico hombre.
Si tenía que quitarse los pantalones para la revisión, aunque al doctor no le importara, ella se moriría de la pena en ese mismo instante.
Después de esperar una media hora, finalmente la llamaron.
Sin embargo, al entrar, no vio a la doctora que esperaba.
Una cortina blanca se mecía con la corriente de aire, revelando vagamente una silueta alta y delgada detrás de ella.
«¿Estará la doctora escondida detrás de la cortina?», se preguntó.
Alba entró y preguntó con cautela:
—¿Doctora?
La figura detrás de la cortina se detuvo un instante, luego la apartó y salió lentamente.
Pantalones negros de vestir, camisa blanca, una figura erguida y esbelta. Era, sin duda, un hombre.
Al levantar la vista y encontrarse con aquel rostro increíblemente atractivo, los ojos de Alba se abrieron como platos.
¡¿Era él?!
Cuando Diego salió, su oscura mirada se posó de forma natural en Alba, y por un momento, se quedó inmóvil.
¿Era ella?
Sus miradas se cruzaron, y en los ojos de ambos se reflejó la misma sorpresa.
Alba se puso tan nerviosa que apenas podía hablar.
—Tú… yo…
Su bonito rostro se tiñó de un rojo intenso.
¡Por Dios!
Qué pequeño era el mundo. ¡Se había vuelto a encontrar con el hombre de aquella noche!
¿Y ahora qué?
¿La habría reconocido?
Si la había reconocido, ¿debía salir corriendo o…?
Aunque por dentro estaba hecha un manojo de nervios, Alba intentó mantener la calma por fuera.
—Dis… disculpe, tengo cita con una doctora de apellido Blancas, creo que me equivoqué de consultorio…
Diego la observó con una mirada profunda y, moviendo sus delgados labios, dijo:
—No te equivocaste. Tuvo que salir un momento. Estoy cubriéndola por ahora.
Alba no supo qué decir.
Diego caminó con calma hasta el escritorio del médico, se sentó y, tomando papel y pluma con sus largos dedos, levantó la vista hacia Alba y dijo con voz grave y potente:
—Siéntate.
Alba sintió un escalofrío.
Miró de reojo al hombre con cautela.
«¿Me habrá reconocido o no?».
Después de todo, esa noche ella estaba borracha y todo había sucedido en una nebulosa.
Ni siquiera recordaba cómo había empezado.
Solo al despertar por la mañana, ya consciente, pudo ver su rostro con claridad.
Pero en ese momento, él todavía dormía…
Alba no estaba segura, pero al ver la expresión fría e indiferente del hombre, pensó que probablemente… no la había reconocido.
Respiró un poco más aliviada y finalmente se sentó.
Una extraña llama se encendió en su garganta, una sensación de picor y calor.
Reprimió esos sentimientos y preguntó:
—¿A qué se debe?
Alba, con las mejillas ardiendo, tartamudeó, sin atreverse a decirlo claramente.
—Pues… es que…
Si seguía así, no llegarían a ninguna parte.
Diego la interrumpió con calma:
—¿Tuviste relaciones sexuales?
Alba no dijo nada, solo asintió con la cara roja.
Diego observó su reacción y, con voz ronca, preguntó:
—¿Estás casada?
Alba negó con la cabeza instintivamente.
Diego continuó:
—¿Tienes novio?
Alba volvió a negar.
Ni casada, ni con novio.
Entonces, había sido él.
Aquella noche, creía haberla tomado unas seis veces.
Probablemente había sido demasiado brusco y la había lastimado.
Al recordar el sabor embriagador de aquella noche, la mirada de Diego se oscureció y ordenó con voz grave:
—Acuéstate en la camilla de allá y quítate los pantalones. Necesito revisarte.

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