Dylan salió de sus pensamientos.
—No es nada. Solo me aconsejó que no me enfocara tanto en el trabajo al punto de descuidar a mi familia.
Don Leonardo también pareció sorprenderse, pero luego una sonrisa de orgullo y satisfacción iluminó su rostro.
—Es raro que tu hermano mayor se tome el tiempo de aconsejarte. Deberías acercarte más a él; si alguna vez tienes dudas con la empresa, pídele su opinión.
Dylan asintió.
Tras descansar un momento, el abuelo bajó a la sala con el acuerdo de divorcio recién impreso.
Elara comparó cada línea del documento con el archivo digital que Aurora le había mandado, prestando especial atención a la cláusula sobre la custodia de su hija. Al comprobar que no habían alterado ni una sola coma, respiró aliviada.
Justo al terminar de leer, llegó el abogado.
El hombre verificó que todo estuviera en orden y ambos firmaron.
Al ver la firma de Dylan estampada en el papel, la inmensa tensión que le oprimía el pecho por fin desapareció. No sabía qué le había dicho el abuelo para convencerlo, pero había logrado lo que quería. Con eso bastaba.
Salieron juntos de la casa principal.
Dylan la miró.
—Vamos a casa.
Acababan de firmar los papeles. Ya no había casa para ellos.
Elara iba a negarse de inmediato, pero Dylan, pareciendo leerle la mente, se adelantó.
—Mientras el juez no dicte la sentencia, seguimos siendo esposos ante la ley.
Elara no tenía energía para discutir por algo así.
—Me iré en el auto con Orlando.
Y dio media vuelta para irse.
Dylan la sujetó del brazo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado