Esa mujer era terca y jamás escuchaba consejos. Antes, tan solo verla conectada le daba dolor de cabeza. Pero ahora, tras ver su propio matrimonio destruido por Nina Salinas, al toparse de nuevo con esta amante, sintió un rechazo visceral y una profunda oleada de asco y desprecio.
—Doctora, ¿se acuerda de mí?
¿Cómo iba a olvidar a una paciente con tan nula brújula moral?
Elara tecleó:
—Sí, la recuerdo. ¿Ha notado alguna mejora en su estado?
—Sí, he mejorado. Su esposa ya se enteró de mi existencia. Presiento que pronto se van a divorciar y al fin podré ver la luz al final del túnel.
Ella le había preguntado si su estado psicológico había mejorado, pero esa fue la respuesta que recibió. La amante había sido descubierta, pero en lugar de sentirse avergonzada o temer el rechazo social, estaba ahí, regodeándose y planeando ocupar el puesto de la esposa oficial.
Elara no podía dar crédito a los valores tan retorcidos de esa mujer. Tal vez, al haber sido víctima de una infidelidad en su propio matrimonio, inconscientemente proyectó a Nina Salinas en la figura de la paciente.
Se preguntó si Nina también estaría como esa mujer, contando los días para que ella y Dylan se divorciaran, soñando con convertirse en la nueva señora Lucero.
Meterse en un matrimonio, destruir una familia, convertir a su hija en una niña de padres separados... Personas así merecían lo peor. ¿Cómo podían vivir con la conciencia tan tranquila?
Cuanto más lo pensaba, más le hervía la sangre.
Sentía el impulso de arrastrar a la paciente a través de la pantalla para darle una bofetada y hacerla entrar en razón.
Pero, como psicóloga, debía separar su vida personal de su deber profesional y no permitir que sus emociones nublaran su juicio.
Elara despejó su mente de aquellos pensamientos caóticos y tecleó:
—Incluso si él se divorcia y se casa con usted, ¿cree que será feliz? ¿No ha pensado que si fue capaz de traicionar a su esposa, el día de mañana también podría traicionarla a usted?
—Doctora, ¿no me diga que me tiene envidia?
Al leer ese mensaje, a Elara casi se le escapa una carcajada amarga.

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