La mirada de Renato se posó en la mano de Elara, enrojecida por la fuerza del agarre.
—¿Te lastimó?
Elara siguió su mirada, se observó la mano y la giró un poco.
—No, solo está un poco roja. Se me pasa rápido.
Renato asintió levemente y entró en el elevador.
Elara lo siguió, y después entraron Orlando y el magnate de bienes raíces.
El espacio quedó bastante apretado, así que Elara retrocedió un poco. Quedó justo frente a Renato. Estaban tan cerca que ella podía percibir el sutil y frío aroma a madera que desprendía, mezclado con un ligero perfume masculino. Ese detalle hizo que, sin darse cuenta, tensara la espalda y su corazón comenzara a latir más deprisa.
Pronto llegaron a la planta baja y salieron uno a uno. Elara soltó un disimulado suspiro de alivio.
Al llegar a la entrada del restaurante, el empresario se despidió con cortesía y se marchó.
Aprovechando el momento, Orlando fue a traer el auto.
Sergio y Fabián lograron subir a Dylan al vehículo. Luego, Sergio se dirigió a Elara:
—Señora, le dejo al señor Lucero en sus manos.
Elara asintió.
—Tú también tomaste, ¿cómo te vas a ir?
—Pedí un chofer designado.
Elara no dijo más, se giró hacia Renato y le dijo:
—Gracias de nuevo, Renato. Me despido.
Renato alzó ligeramente la barbilla, señalando hacia el interior del auto donde estaba Dylan.
—¿Podrás manejar la situación tú sola?
Elara observó a Dylan desplomado en el asiento, completamente fuera de sí. Frunció el ceño. No le quedaba de otra, tampoco era como si pudiera botarlo del coche a patadas.
—Los acompaño.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado