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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 168

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Elara se acomodó el cabello, revuelto por el golpe de los papeles, y miró a Viviana con total firmeza.

—Yo no filtré ninguna noticia a la prensa sobre la aventura de Dylan. Y respecto a lo del dinero que menciona...

Hizo una pausa y su mirada se volvió implacable.

—Yo quería terminar todo esto de manera pacífica, pero su hijo se negó. Si me está obligando a llevarlo a los tribunales, exigiré lo que me corresponde por ley. ¡Es el mínimo precio que debe pagar por todo el daño que me hizo!

—¡Zorra avariciosa! ¿Para qué adornarlo con discursos bonitos? —se burló Viviana, soltando una risa amarga—. A las mujerzuelas muertas de hambre como tú las huelo a un kilómetro de distancia. Los Lucero no nos dejamos pisotear por nadie, y mucho menos por una cazafortunas. Te lo advierto: retiras la demanda, publicas un comunicado oficial pidiéndole disculpas públicas a Dylan, y aclaras que todo fue un malentendido. O te arrepentirás.

Elara frunció el ceño.

—Se lo repito por última vez: las fotos de internet no son cosa mía.

—¡Te encanta jugar a la valiente, eh! ¿De verdad crees que no tengo cómo destruirte? —Viviana chasqueó la lengua y se giró hacia sus matones—. Entren. Tráiganme a la niña.

A Elara se le heló la sangre. Jamás pensó que esa víbora sería capaz de atacar a la bebé. De un salto, se paró en el umbral, extendiendo los brazos.

—¡Esto es allanamiento de morada! ¡Es ilegal!

—Soy la abuela —espetó Viviana con desdén—. Y una abuela tiene todo el derecho del mundo a ver a su propia nieta. ¿Qué clase de delito es ese? —Con una mirada asesina, sentenció a los guardias—: ¡Quítenla del medio!

Los dos hombres, que tenían el tamaño de un ropero, la sometieron en un parpadeo. Uno de ellos le torció los brazos hacia atrás, inmovilizándola contra la pared, mientras el otro irrumpía en la casa a pasos agigantados.

A los pocos segundos, los gritos de protesta de Marta y el llanto aterrado de Valentina resonaron por todo el apartamento.

Elara se retorcía como una fiera, intentando liberarse, pero la fuerza del gigante que la aplastaba era demasiada. Escuchar los llantos de su bebé —que había sido operada hacía apenas un mes— le desgarraba el corazón. Miró a Viviana con los ojos inundados de desesperación.

—¡Valentina lleva su misma sangre! ¿Cómo es posible que le haga esto a su propia nieta?

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