Elara giró la cabeza y vio a la joven que se acercaba. Su rostro reflejó sorpresa.
—¿Violeta? ¿Qué haces aquí?
Violeta estaba pálida.
—Tengo muchas náuseas. No me siento nada bien, así que vine a revisarme.
¿Náuseas?
Elara recordó que Violeta era la supuesta novia de Renato. ¿Acaso estaba embarazada?
Violeta miró con curiosidad la bata blanca de Elara.
—Doctora, ¿no trabajaba usted en el hospital de Solsepia? ¿Qué hace aquí?
Elara sonrió con amabilidad.
—Me acaban de contratar aquí. Hoy es mi primer día.
A Violeta se le iluminaron los ojos. No sabía explicarlo, pero sentía una gran afinidad por Elara. Tenía un aura que inspiraba confianza y calidez.
—¡Qué emoción! ¿Podemos salir juntas algún día?
A Elara también le agradaba Violeta. Era una chica alegre, vibrante, como un pequeño rayo de sol.
—Por supuesto. ¿Quieres que te acompañe a tu consulta?
—No, no se preocupe. No quiero interrumpir su trabajo. Intercambiemos números y cuando tenga un día libre nos vamos de compras.
Elara pensó que, tratándose de familias tan poderosas como los Soler, los temas de embarazo y matrimonio debían manejarse con absoluta discreción. Sobre todo porque Violeta era muy joven y un embarazo antes del matrimonio podía generar complicaciones familiares.
Si la chica decía que no necesitaba compañía, Elara no iba a insistir.
—Me parece perfecto —asintió con una sonrisa.
Al salir del turno, el teléfono de Elara sonó. Era un número fijo desconocido. Contestó con curiosidad.
—¿Hola? ¿Con quién hablo?
—Mi niña, soy yo.
Elara se sorprendió gratamente.
—¿Doña Matilde?
—Sí. Violeta me contó que estás en la Capital.
—Así es, señora.
—Ven a cenar a la finca esta noche. Trae a la pequeña Vali, quiero verla.
Ahora que estaba divorciada de Dylan, ya no tenía vínculos con la familia Lucero y, por extensión, tampoco con los Soler. Ir de visita la hacía sentir un poco fuera de lugar.
Pero rechazar una invitación directa de Doña Matilde parecía una falta de respeto.

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