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Esa niña es mía: El secreto de mi poderoso excuñado romance Capítulo 192

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Aun sabiendo que ese roce destruiría su calma y haría que sus deseos crecieran de manera descontrolada, él estaba dispuesto a esforzarse al máximo por contenerse. Solo porque ese efímero instante de intimidad era algo que siempre había anhelado y que siempre había estado fuera de su alcance.

Al quedarse sin su "juguete", Vali se molestó. Empezó a hacer pucheros y a retorcerse en los brazos de Elara.

Temiendo que despertara a la madre, Renato recogió el mordedor de silicona que la niña había tirado y se lo devolvió. De inmediato, Vali volvió a entretenerse por su cuenta.

Fabián, que iba al volante, no dejaba de mirar de reojo por el espejo retrovisor. Veía a su jefe, un hombre que jamás sonreía, observando ahora con una expresión cálida y una sonrisa en los labios a la mujer dormida y a la niña que balbuceaba en sus brazos.

Tenía una mano apresada por Elara y, con la otra, formaba una barrera invisible en el aire junto a Vali, listo para evitar que la pequeña se resbalara.

Fabián suspiró para sus adentros. ¿Quién hubiera imaginado que un hombre que se había mantenido alejado del romance durante treinta años terminaría cayendo rendido ante una mujer divorciada y con una hija?

Si se lo contara a alguien, nadie se lo creería.

Él mismo no lo habría creído si no lo estuviera viendo con sus propios ojos.

Después de todo, la diferencia de estatus entre ambos era abismal.

Él era el líder de un conglomerado multinacional y ella era la exesposa de su hermano menor, criando a una hija sola. No había forma de compararlos, era una pareja que simplemente no encajaba en los estándares de la alta sociedad.

Y, sin embargo, al ver la forma en que Renato trataba a Elara y a Vali, Fabián no sentía que desentonaran en absoluto. Es más, al ver lo atractivos que eran los tres y la atmósfera indescriptible que los rodeaba, tuvo la extraña ilusión de que parecían una verdadera familia.

Elara fue despertada por la voz de Fabián. Al abrir los ojos y notar que no tenía a su hija en brazos, el pánico la hizo enderezarse de golpe.

—¿Y Vali?

—El señor Renato ya la llevó a casa. Ahora estamos estacionados en el subterráneo del hospital —respondió Fabián.

Elara se quedó sin palabras.

Habían llegado al residencial Lomas de Santa Fe, Renato le había quitado a la niña de los brazos, la había subido al departamento y luego la había traído a ella hasta el hospital… ¡Y ella no se había dado cuenta de nada! ¿Cómo pudo dormir tan profundamente?

—Señorita Elara, ya puede ir a su turno.

Elara bajó del auto y vio a Renato de pie a unos metros de distancia, hablando por teléfono. El hombre sostenía el celular con una mano y tenía la otra metida en el bolsillo del pantalón. Su postura era impecable, su perfil marcado y varonil. Emanaba esa aura poderosa, elegante y dominante propia de un magnate de los negocios.

Sin querer interrumpirlo, Elara se dirigió a Fabián.

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