—Y además —continuó Aurora—, en pleno invierno, lloviendo a cántaros, corrió a comprarte tu comida rápida favorita, y por miedo a que se enfriara, la guardó dentro de su chamarra hasta quemarse el pecho. ¿Ya te olvidaste de todo eso?
No, no lo había olvidado.
Que el gran heredero de la familia Lucero se rebajara a hacer ese tipo de cosas por ella fue lo que la conmovió profundamente. Por eso ignoró la inmensa brecha social entre ellos, aceptó salir con él y, eventualmente, casarse con él.
Elara no era una persona ilusa. De hecho, era sumamente sensata.
Sabía perfectamente que los cuentos de Cenicienta rara vez existían en la vida real.
Y aunque existieran, rara vez terminaban con un "fueron felices para siempre".
Casarse con Dylan había sido, en gran medida, una apuesta ciega.
Había apostado toda su vida a la sinceridad del amor de Dylan.
En retrospectiva, fue una decisión ingenua, pero lo hizo, y había puesto todo su empeño en sacar adelante su matrimonio.
Era innegable que Dylan la trataba bien, pero...
—Tú misma lo dijiste: eso fue cuando éramos novios. ¿Y después de casarnos?
—También te ha tratado bien desde entonces —replicó Aurora, contando con los dedos—. Te compra joyas carísimas, bolsos de diseñador, la ropa más exclusiva de la temporada, ¡incluso donó equipos médicos al hospital donde trabajas!
Elara sonrió y negó con la cabeza suavemente.
—Pero yo solo quiero al Dylan que me compraba mis antojitos, el que hacía fila para mi café, el que corría por mis pastillas para el dolor y me traía comida reconfortante bajo la lluvia. Porque eso era lo que yo realmente quería.
Aurora se quedó en silencio al instante.
Tenía razón. No era lo mismo dar regalos lujosos cuando sobran las opciones, que estar ahí cuando alguien realmente lo necesita.
Ambas cosas eran muestras de afecto, pero la diferencia entre ellas era abismal.
Después de un momento, Aurora dijo:
—Estar enamorados no es lo mismo que estar casados. Por algo dicen que el matrimonio acaba con la pasión, ¿no? Ninguna relación puede mantenerse en la fase de luna de miel para siempre.
Por supuesto que Elara entendía esa lógica.

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