A juzgar por los encuentros que Dylan había tenido con Elara desde su regreso a la Capital, parecía obvio que ella ignoraba por completo las intenciones de Renato.
Así es; de momento, parecía ser solo un capricho unilateral de Renato. Si Dylan le revelaba sus intenciones, le detallaba la insuperable brecha que había entre sus mundos, y le explicaba el escándalo que se desataría si la relación se hacía pública... siendo Elara una mujer tan inteligente, seguramente mantendría su distancia de Renato.
Con esto en mente, Dylan se puso de pie y se dirigió hacia la salida.
Sergio fue detrás de él con el rostro lleno de preocupación.
—¿A dónde va, señor Lucero? Acaban de suturar su herida y necesita reposo. Además, ya son más de las once de la noche. Si quiere ver a la señora, no creo que sea un horario adecuado.
Dylan se detuvo, miró su reloj y asintió. Era en verdad muy tarde. Mañana iría a buscarla. Se dio la vuelta y regresó a su habitación.
A la mañana siguiente, en el consultorio.
Elara terminó de examinar a un paciente, archivó su expediente y movió el cursor hacia la opción de "Siguiente". Aprovechando el breve lapso antes de que el siguiente paciente ingresara, revisó la pantalla de su teléfono. Eran las doce y cuarto.
Tenía un mensaje sin leer que Renato le había enviado veinte minutos antes: "Ya llegué."
Ella respondió de inmediato: "Falta un último paciente, espérame un poco más."
Nato: "Claro, no te preocupes, tómate tu tiempo."
El paciente entró al consultorio y Elara dejó su teléfono a un lado, adoptando por completo su rol profesional. Era una mujer que sufría de agotamiento mental severo. Entre el interrogatorio, la evaluación, la prescripción y el llenado del expediente, Elara se demoró casi media hora.
Renato se acercó a la puerta del consultorio y, a través de la abertura, vio a Elara frente a la computadora con su bata blanca.
Sus dedos esbeltos volaban sobre el teclado mientras mantenía la mirada concentrada en el monitor. El aura de calidez que siempre mostraba en su día a día había desaparecido, reemplazada por la racionalidad y compostura propias de un médico. Tenía los labios apretados y su mandíbula perfilaba una línea firme y delicada.
Era la primera vez que la veía en su elemento de trabajo. Profesional, atenta y completamente dueña de la situación. Era verdaderamente hermosa.
Al terminar de archivar el expediente de la paciente, Elara alzó la mirada y descubrió a Renato de pie junto a la puerta.
—Pasa, ¿por qué te quedas ahí?
Renato reprimió la suave sacudida en su corazón, entró al consultorio, cerró la puerta y se sentó en la silla para pacientes.
Mientras abría la ficha médica en la pantalla, Elara comentó:
—Dame un momento, tengo que llenar tu historial personal.
A diferencia de otros pacientes, con él no necesitaba hacerle las preguntas rutinarias.
—De acuerdo. —La profunda mirada de Renato se clavó en ella.
La bata holgada delineaba sutilmente la figura estilizada de sus hombros y cuello. Llevaba el cabello recogido de forma casual en una coleta baja. Esa mirada con la que siempre le dedicaba dulzura o pánico ahora estaba revestida de firmeza y sobriedad. No había lugar para sentimientos personales, solo la rigurosa autoridad de su profesión.
Esa faceta tan diferente era increíblemente cautivadora, provocándole una silenciosa revolución en el pecho.
En pocos segundos, Elara terminó de completar los datos y lo miró, asumiendo su papel de médico preocupado por su paciente.
—Mencionaste antes que duermes un promedio de cuatro horas al día. ¿Esas cuatro horas son seguidas, o te despiertas constantemente?
Renato se ajustó a la dinámica y respondió:
—No son continuas. Me despierto varias veces durante la noche.

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