—No es posible. El señor Soler me ordenó garantizar la seguridad de la señorita Ávila.
Mientras más se negaba Fabián a irse, más sospechas albergaba Isabel. Tenía que entrar cuanto antes. Si no lo hacía, le daría tiempo a la gente de adentro para arreglarse y borrar las evidencias, y entonces, ¿qué espectáculo iba a presenciar?
—Tengo que hablar con la señorita Ávila —dijo Isabel, acercándose a la puerta para abrirla.
Fabián extendió el brazo bloqueándole el paso.
—La señorita Ávila está descansando. Está terminantemente prohibido molestarla.
El rostro de Isabel se volvió gélido al instante. Habiendo sido vicepresidenta de la Corporación Soler en el pasado, cuando se enojaba, irradiaba una imponente aura de ejecutiva agresiva, con una presión verdaderamente intimidante.
—¿Y si decido entrar de todas formas?
Fabián no respondió, simplemente se plantó firme frente a la puerta, dejando clara su postura: ¡no pasaría!
Isabel esbozó una sonrisa cargada de frialdad.
—No eres más que un perro criado por la familia Soler. ¿Cómo te atreves a ladrarle a tus amos? Destruirte me costaría lo mismo que pisar a una hormiga. Te daré una última oportunidad. ¡Apártate!
Fabián permaneció inmutable, erguido frente a la puerta, sin retroceder un milímetro.
En ese instante, Isabel sacó su teléfono, dispuesta a llamar a sus guardaespaldas.
Pero Matilde Soler salió de una habitación cercana.
—Isabel.
—Mamá. —Isabel bloqueó la pantalla del teléfono de inmediato.
Matilde se acercó a ella.
—¿Subiste a buscarme?
—Mamá, yo...
—Vamos, acompáñame a bajar.
—Mamá, estoy cansada. Quería descansar un rato antes de bajar.
—Baja conmigo a saludar a los invitados, y luego vuelves a subir a descansar —indicó Matilde, tomándola de la mano y llevándola consigo hacia las escaleras sin aceptar un no por respuesta.

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