Ella lo ignoró. Dejó que sonara hasta que el nudo en su garganta comenzó a ceder. Solo entonces se incorporó, tomó unos pañuelos para secarse el rostro y levantó el teléfono.
Al no obtener respuesta, él le había dejado un mensaje: *«Elara, ¿dónde estás? ¿No dijiste que me ibas a esperar?»*
Quedaba claro que Dylan había vuelto a casa.
Leyó esas letras y no pudo evitar recordar las innumerables noches que había pasado despierta en esa misma casa, esperándolo después de que el supuesto gerente lo llamara, para terminar tragándose su propia soledad porque él jamás regresaba a dormir.
Había esperado tantas veces que, para su propia desgracia, se había acostumbrado.
Se había habituado a que el gerente Mateo se lo robara de las manos y a que él pasara las noches fuera.
En su momento se sintió abandonada, pero lo justificaba repitiéndose que él se estaba matando trabajando por la familia y que no podía quejarse.
Pero ahora... ¡era todo una farsa!
No había exceso de trabajo. ¡Toda su vida era una maldita mentira!
¿Y quién era el gerente Mateo? Elara ya tenía una sospecha bastante clara quemándole en el pecho.
Bajó el celular y se quedó mirando al vacío durante largos minutos. Cuando sintió que volvía a ser dueña de sí misma, bajó la visera del coche y abrió el espejo.
El reflejo le devolvió a una mujer con los ojos rojos, inyectados en sangre, y los párpados hinchados. Las huellas del llanto eran imposibles de ocultar.
Se dio unas suaves palmadas en las mejillas, tomó aire profundamente, cerró el espejo, encendió el motor y arrancó de regreso hacia Bahía Dorada.
Al entrar en la casa, encontró a Dylan sentado en el sofá de la sala principal, completamente absorto en la pantalla de su celular. Tenía una ligera y cálida sonrisa en los labios. Estaba tan metido en lo que veía, que ni siquiera notó que ella había entrado.
Solo cuando Elara se cambió los zapatos y sus pasos resonaron en el piso, él levantó la cabeza y bloqueó rápidamente el teléfono. Con un tono de voz suave, preguntó:
—¿Adónde fuiste a estas horas?
*Vaya, ahora resulta que se da cuenta de la hora... ¿Pero acaso él no se acababa de ir a altas horas de la noche a verse con el gerente Mateo?*
Cuando Elara caminó hacia la sala, él notó al fin lo destruidos que estaban sus ojos. Se levantó alarmado, acortó la distancia y le tomó ambas manos.

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