La mirada gélida y peligrosa del hombre tensó por completo al recién llegado. Cada vena de su cuello estaba a la vista, mostrando la furia que retenía en su interior, advirtiendo del caos que se avecinaba. Cualquiera que lo viera en ese estado saldría corriendo, pero él no podía, debía darle la noticia a su jefe y solo implorar que no lo matara.
Por su lado, Barak, el más peligroso mafioso de Sicilia, el hombre más temido y a quien se le considera el ser más despreciable y frío del mundo tenía su duro corazón latiendo desenfrenado. Había pocas cosas que lo alteraban de alguna manera, pero nada como la responsable de su intranquilidad.
―Para cuando llegamos ya él se había ido. ―Tales palabras tan sencillas al oído común para él fue como si le advirtieran de la caída de su imperio. ―Ella fue localizada poco después y la están trayendo aquí. ―Barak se puso en pie dejando toda su altura a la vista.
Su camisa manga larga estaba recogida hasta los codos y dejando el tatuaje en forma de una serpiente en llamas enrollada por su brazo izquierdo. Cada músculo de su cuerpo evidenciando el poder y la imponencia de su presencia.
―¿Cómo se les escapó? ―Lo miró directo a los ojos, dando contados pasos, lentos, preciosos y firmes. ―¿Cómo pudieron perder de vista a mi esposa? ―Se paró justo frente al hombre que no le desvía la mirada a pesar de que la voz aparentemente tranquila de su jefe es meramente contención.
―No lo sabemos. ―Fue sincero. ―Ella simplemente salió del radar y...
―¿Sabes por que no yaces en el piso con un disparo en la frente? ―Susurró intimidante mientras aprieta el cuello de su mano derecha. ―Porque eres un buen soldado, el mejor que existe como underboss nadie en el putø mundo te supera. ―Lo soltó tras un último apretón. ―Quiero a los responsables ante mí en la mansión. ―Le dio la espalda.
―Entendido, jefe ―Kenji salió de la oficina sabiendo que tres de sus hombres morirían de la manera más desagradable posible.
Barak Poretti no es un hombre con el que se pueda cometer errores, es peligroso y radical, para él no hay tonalidades, todo es blanco o negro, está bien o están mal, es bueno o es malo. No hay punto intermedio en su mundo y justo por su comportamiento despiadado es el jefe de la mejor casa italiana.
Blood And Glory, es la casa con más poder entre las organizaciones delictivas que existe en el mundo, quien desee vivir no debe meterse con Barak Poretti, es frío, calculador y despiadado, pero a pesar de todo eso hay una sola persona que lo desequilibra y lo altera de maneras impresionantes; esa es su esposa, Lianett Vitto.
La foto sujeta con fuerza se arrugó entre los poderos dedos de Barak. Su mujer, su reina y la única en poder hacerlo sentir algo ahora le estaba demostrando que es una traidora.
La imagen clara de un hombre entrando a la habitación de su esposa lo enfurecía y por primera vez lo hizo sentir dolor.
Él le obsequió ese piso para que tuviera espacio lejos de sus hombres, pero ahora lo estaba usando para traicionarlo.
Justo en ese momento la puerta abriéndose captó su atención.
―Aquí está el divorcio. —Barak colocó los papeles sobre el escritorio dejando a su esposa atónita y con el corazón furioso y sus ojos llenos de desconcierto. —Ya no tenemos que seguir con esta farsa, tu padre está muerto. —Lianett quien mira los papeles apretando los dientes, sintió un agujero abrirse en su pecho y toda la emoción que tenía su corazón se esfumó con rapidez.
Se había casado con Barak por petición de su padre en el lecho de su muerte. Él se la confió con su último suspiro y le hizo prometer que la cuidaría y estaría ahí para ella, todo fue un pacto; sin embargo, ella se había enamorado locamente de él desde que tiene memoria y el dolor que siente al ver los papeles sobre ese escritorio donde muchas veces la hizo suya es indescriptible.
Se suponía que ella le diría una noticia que quizás cambiaría las cosas para bien. Ella le daría un heredero y estaba emocionada por contárselo todo, pero ahora, todo se ha derrumbado sobre su cabeza y no puede hacer más que mirar esos malditøs papeles con el corazón en la garganta, las náuseas incrementando y los ojos empañados por las lágrimas.
―¿Por qué lo haces? ―Por primera vez lo cuestionó y su voz quebrada no hizo más que enfurecer al hombre que se estaba conteniendo para no desaparecerla de su vista por traicionarlo.
―No te debe importar eso, solo firma los jødidos papeles y desaparece de mi vista.


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