Camelia dejó el tenedor sobre el plato y respiró hondo. Llevaba toda la semana dándole vueltas a las palabras, practicándolas en silencio mientras Fernando trabajaba hasta tarde. Esta noche no quería seguir callando.
Estaban en el comedor de la casa, esa mesa enorme que casi nunca usaban los dos juntos. Las luces estaban bajas, solo se escuchaba el ruido suave del aire acondicionado y el tintineo ocasional de los cubiertos. Llevaban tres años casados, pero últimamente parecía que vivían en mundos paralelos.
Fernando revisaba algo en su celular con el ceño fruncido. Como siempre.
—Fernando… —dijo ella con voz baja, casi suave.
Él levantó la vista. Tenía los ojos cansados, pero igual de hermosos que el primer día.
—¿Qué pasa?
Camelia juntó las manos sobre la mesa. Le temblaban un poco, pero se obligó a seguir.
—Quiero tener un hijo.
El silencio que cayó después de sus palabras fue tan pesado que casi se podía tocar. Fernando se quedó mirándola como si no hubiera entendido bien. Luego dejó el celular lentamente sobre la mesa y se recostó en la silla.
—¿Ahora? —preguntó. Su tono no era enojado. Era… frío. Demasiado controlado.
Camelia tragó saliva.
—Llevamos tres años casados. Yo ya tengo veintisiete. No quiero esperar más. Quiero formar una familia contigo.
Fernando bajó la mirada hacia su plato. No lo tocó. Solo lo miró como si la comida le hubiera perdido todo el sentido de repente.
—No es el momento —dijo al fin.
—¿Y cuándo lo será? —preguntó ella, intentando que no le temblara la voz—. Siempre dices lo mismo. “No es el momento”. “Más adelante”. “Ahora no”. Fernando, ¿cuándo?
Él apretó la mandíbula. Ese pequeño gesto que Camelia ya conocía demasiado bien. Significaba que la conversación se estaba cerrando.
—No quiero hablar de esto ahora.
—Pues yo sí quiero hablarlo —insistió ella, sintiendo cómo le subía la rabia—. Soy tu esposa. Tenemos derecho a decidir esto juntos. Yo quiero ser madre. Quiero que tengamos un hijo nuestro.
Fernando levantó la vista. Sus ojos ya no estaban cansados. Estaban duros.
—Y yo te estoy diciendo que no.
Las palabras fueron como un golpe. Camelia sintió que algo se rompía por dentro, algo pequeño pero importante.
—¿Por qué? —preguntó en voz baja—. Dime la verdad. ¿Es porque ya no me quieres? ¿Porque ya no te atraigo? ¿O es que… simplemente no quieres tener hijos conmigo?
Fernando cerró los ojos un segundo. Pareció estar luchando contra algo que no quería dejar salir. Cuando volvió a abrirlos, su voz salió más baja, pero igual de firme.
—No es eso.


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