Camelia llegó a la empresa más temprano de lo que había planeado. Llevaba puesto un conjunto negro que se había comprado la tarde anterior, intentando sentirse más segura. El primer día trabajando como asistente de Fernando. Su esposo.
Aún le costaba creer que había aceptado. Después de todo lo que había pasado entre ellos, después de esa conversación en la cocina donde él le pidió que confiara en él sin darle respuestas claras, ella había dicho que sí. Tal vez por cansancio. Tal vez porque una parte de ella todavía quería creer que había esperanza.
Cuando entró al piso ejecutivo, varias personas la miraron. Algunas con curiosidad. Otras con algo que parecía lástima. Camelia fingió no darse cuenta y se dirigió al escritorio que Fernando le había asignado, justo frente a su oficina.
Estaba organizando la agenda cuando escuchó la puerta de la oficina abrirse. Fernando salió hablando por teléfono. Su voz era baja, casi susurrada.
—No, no puedo hoy… ya te dije que las cosas están complicadas en casa… Sí, lo sé. Luego te llamo.
Colgó rápido cuando la vio. Demasiado rápido.
—Buenos días —dijo él, guardando el celular en el bolsillo interior de su saco como si nada.
—Buenos días —respondió Camelia.
Intentó sonar normal, pero notó cómo su propia voz sonaba más fría de lo que pretendía.
Fernando se quedó mirándola un segundo de más, como si evaluara si había escuchado algo. Luego asintió y entró de nuevo a su oficina sin decir nada más.
Camelia se quedó mirando la puerta cerrada. Ese tono de voz… esa forma de guardar el celular tan rápido. No era la primera vez que lo veía hacer algo así en las últimas semanas, pero ahora que estaba aquí, en su espacio de trabajo, todo se sentía más evidente.
Trató de concentrarse en el trabajo. Revisó correos, organizó reuniones, respondió llamadas. Pero cada vez que Fernando salía de su oficina, algo en su comportamiento la ponía alerta.
Hablaba bajo por teléfono. Revisaba mensajes y los borraba. Cuando una empleada rubia de la contabilidad se acercó a dejarle unos documentos, Camelia notó cómo la mujer se inclinaba más de lo necesario y cómo Fernando le sonreía de una forma que a ella ya no le dirigía desde hacía mucho tiempo.
—¿Todo bien? —le preguntó la rubia a Fernando, con una sonrisa demasiado familiar.
—Todo perfecto, gracias —respondió él. Y aunque su tono era profesional, había algo en la forma en que la miró que hizo que a Camelia se le apretara el estómago.
Pasaron las horas. Al mediodía, Fernando salió de la oficina con el saco puesto.
—Tengo una reunión fuera —dijo sin mirarla directamente—. No sé a qué hora regreso. Si necesitas algo, habla con Laura.
—¿Laura? —preguntó Camelia.
—Mi secretaria de confianza. Ya la conoces.
Camelia asintió. Lo vio caminar hacia el ascensor y desaparecer.
No volvió hasta las cuatro de la tarde. Cuando entró, traía el cabello un poco revuelto y el nudo de la corbata un poco suelto. Camelia lo observó desde su escritorio. No dijo nada, pero sintió cómo algo frío se le instalaba en el pecho.
A las seis, cuando la mayoría de la gente ya se había ido, Camelia estaba guardando sus cosas cuando escuchó susurros dentro de la oficina de Fernando. La puerta estaba entreabierta. Reconoció la voz de la rubia de contabilidad. No pudo evitarlo y se acercó.


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