Fernando no había dormido bien. Pasó gran parte de la noche despierto, mirando el techo mientras las palabras de Camelia seguían repitiéndose en su cabeza. “¿Ya no me quieres o simplemente no quieres tener hijos conmigo?”.
No lo había dicho con rabia. Lo había dicho con un cansancio profundo, como si ya no tuviera fuerzas para seguir esperando. Y esa resignación le había dolido más que cualquier grito.
Se quedó mirando el techo un largo rato. Sabía que la estaba perdiendo. Lo sentía en la forma en que ella ya no lo buscaba con la mirada, en cómo evitaba tocarlo, en cómo cada vez hablaba menos. Y aunque quería retenerla, no sabía cómo hacerlo sin destruir todo lo que tenían.
Porque había algo que no quería darle. Algo que ella deseaba con toda el alma. Y mientras más tiempo pasaba, más sentía que estaba fallándole como hombre, como esposo.
Se levantó sin hacer ruido y se duchó. Mientras el agua caía sobre su espalda, una idea empezó a tomar forma en su cabeza. Una idea que, aunque no era del todo limpia, le pareció la única forma de ganar tiempo.
Si Camelia estaba ocupada… si tenía algo que hacer todos los días, algo que la mantuviera cerca de él… tal vez dejaría de pensar tanto en formar una familia. Tal vez la distancia que había entre ellos no seguiría creciendo. Tal vez aún podía salvar lo que quedaba de su matrimonio.
Cuando bajó a la cocina, Camelia ya estaba allí. De espaldas, preparando café. El cabello suelto le caía sobre la espalda y Fernando sintió el impulso de acercarse y abrazarla por detrás, como hacía antes. Pero se contuvo.
Se sirvió una taza y se apoyó contra la isla.
—Tenemos que hablar —dijo.
Camelia se tensó apenas, pero no se giró de inmediato. Terminó de servir su café antes de mirarlo por encima del hombro.
—¿Otra vez? —preguntó con voz baja.
Fernando respiró hondo.
—Sobre lo que dijiste anoche.
Ella bajó la mirada hacia su taza. No respondió.
Fernando continuó, eligiendo bien cada palabra:
—Sé que las cosas entre nosotros no están bien. Y sé que estás cansada. Por eso quiero proponerte algo.
Camelia levantó la vista. Había cautela en sus ojos.
—¿Qué?
—Quiero que vengas a trabajar conmigo. Como mi asistente personal.
Ella parpadeó, claramente sorprendida.
—¿En la empresa?
—Sí. Necesito a alguien de confianza que me ayude con la agenda, las reuniones y algunos asuntos importantes. Alguien que sepa cómo trabajo. —Hizo una pausa—. Y pensé en ti.
Camelia lo miró en silencio por varios segundos. Fernando notó cómo su expresión pasaba de la sorpresa a algo más complicado. Dudas. Esperanza. Desconfianza.
—¿Por qué ahora? —preguntó ella—. Nunca me habías pedido algo así.
Fernando sintió que la pregunta lo ponía contra la pared. No podía decirle que lo hacía para distraerla. No podía admitir que quería mantenerla ocupada para que dejara de pedirle algo que él no estaba dispuesto a darle.


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