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Esposa mía, tu me perteneces romance Capítulo 1

—Quiero el divorcio.

La voz de Valentina cortó el aire como un latigazo. Dejó caer la carpeta sobre la mesa con un golpe seco que resonó en las paredes de cristal del piso veinticuatro del Ferreira Group.

Sus ojos ardían con determinación y años de frustración acumulada mientras miraba fijamente a Dante Ferreira.

Él estaba de pie junto al ventanal, con Milán extendiéndose a sus pies como un reino que dominaba. Se giró lentamente, todavía con el teléfono en la oreja. Su expresión apenas cambió, pero el ambiente se volvió denso, casi asfixiante.

Dante colgó sin despedirse y la observó en silencio. Un silencio pesado, cargado de electricidad.

Se acercó a la mesa con pasos deliberados, abrió la carpeta y pasó las páginas con esa lentitud exasperante que siempre usaba como arma. Valentina permaneció de pie, rígida, sin apartar la mirada. Cuatro años le habían enseñado que con Dante, el primero que bajaba los ojos perdía.

—Está bien —dijo él finalmente, cerrando la carpeta con calma letal.

Valentina sintió que el mundo se tambaleaba.

—¿Perdón?

—Está bien —repitió Dante, acercándose hasta quedar a solo un paso de ella. Su presencia era abrumadora—. Pero tengo dos condiciones.

Valentina cruzó los brazos con fuerza.

—Esta noche cenamos juntos. Me presentás tus razones… y yo te presento las mías.

—¿Y la segunda? —preguntó ella, con un nudo en la garganta.

Dante se inclinó hacia su oído, tan cerca que su aliento le rozó la piel. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro oscuro:

—Que te acuestes conmigo. Y mañana firmo los papeles y te dejo libre.

Valentina soltó una risa sarcástica, fuerte y amarga, que llenó la oficina.

—Ni loca —escupió entre risas cortantes, retrocediendo un paso—. Ni en tus mejores sueños, Dante. ¿De verdad creés que voy a acostarme contigo solo para que me des el divorcio?

Dante la miró con intensidad. Aunque fuera sarcástica, la sonrisa de su esposa cuando estaba enojada tenía algo peligrosamente sexy. Esa mezcla de furia y desafío encendía en él algo primitivo que llevaba cuatro años conteniendo.

—Es eso o no firmo —respondió con frialdad absoluta—. Una cena y una noche. Después sos libre.

Valentina lo miró con puro desprecio, la rabia vibrando en cada palabra:

—Llevamos cuatro años casados y nunca me has tocado. ¿Ahora, de repente, para darme el divorcio querés tener sexo conmigo? —Su voz temblaba de indignación—. Qué patético.

Dante no respondió. Solo la observó fijamente. Valentina agarró la carpeta con violencia, se la puso bajo el brazo y caminó hacia la puerta con la espalda recta, aunque por dentro hervía de humillación y furia.

Ella salió. Dante esperó a que la puerta se cerrara completamente, sacó el teléfono y marcó un número que no tenía guardado con nombre.

—Necesito que esta noche esté todo listo. La dosis completa, en el vino.

—¿Está seguro, señor Ferreira? El compuesto todavía está en fase de pruebas, los efectos en humanos no están del todo...

—¿Funciona o no funciona? —interrumpió Dante con impaciencia.

—Funciona, pero...

—Entonces está listo. —Colgó.

Dante se quedó de pie frente al ventanal, mirando la ciudad que se extendía abajo. Cuatro años de matrimonio y Dante Ferreira todavía no sabía cómo era realmente la risa de su esposa. La había escuchado solo una vez, a través de una puerta cerrada, mientras ella hablaba por teléfono con su hermano. Había durado apenas tres segundos. Hoy, por primera vez frente a él, había vuelto a oírla… aunque esta vez había sido una risa sarcástica, llena de desprecio. Y aun así, ese sonido breve le había removido algo profundo.

Valentina pasó la tarde repitiéndose que la cena era solo un trámite. Que escucharía lo que él tuviera que decir, lo contradiría y obtendría los papeles firmados. Sin embargo, la humillación ardía en su pecho. Por eso, antes de que su esposo llegara a la mansión, tomó una decisión.

Antes de las ocho bajó a la cocina y, con voz baja pero decidida, le pidió a la empleada de confianza algo que aumentará el deseo sexual de Dante, pero que al mismo tiempo inhibiera levemente sus pensamientos, para que él no sintiera que estaba haciendo algo fuera de su voluntad. La mujer no hizo ninguna pregunta. Simplemente abrió un cajón, sacó un pequeño frasco con líquido transparente y lo dejó sobre la mesada.

—No tiene sabor —dijo solamente—. Con una gota alcanza y su efecto es lento.

Valentina tomó el frasco y entro al comedor con el corazón latiéndole con fuerza.

Capítulo 1: Una cena razonable 1

Capítulo 1: Una cena razonable 2

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