Valentina bajó a las ocho y media agarrándose del pasamanos con más cuidado del habitual.
Le dolían los muslos. Le dolía la espalda. Tenía partes del cuerpo que nunca había usado de esa manera y que esa mañana le recordaban exactamente eso con cada escalón. Llegó a la cocina con la espalda recta y la expresión de alguien que no va a comentar nada al respecto.
Eso era Valentina — podía estar cayéndose a pedazos por dentro y el mundo nunca lo iba a saber si ella no lo decidía.
Dante estaba de pie junto a la cafetera con el teléfono en la oreja. Cortó la llamada cuando la escuchó entrar.
Ella lo miró y sonrió — no la sonrisa de siempre, sin el borde irónico de antes. Se acercó, abrió el armario, sacó su taza, y en lugar de alejarse se quedó a su lado esperando que la cafetera terminará.
Dante le sirvió su taza sin que nadie se lo pidiera. Valentina la tomó y sus dedos rozaron los de él, y esta vez no apartó la mano de inmediato.
Estuvo así un momento — de pie a su lado, sin buscar una razón para estarlo — y algo cruzó por su cara. Breve. Una fracción de segundo en que su expresión cambió, como si una pregunta hubiera llegado y se hubiera ido antes de que pudiera formularla.
—¿Estás bien? —dijo Dante.
—Sí. —Lo miró. —¿Por qué?
—Por nada.
Valentina bajó la vista a la taza. La pregunta que no había llegado a formularse se fue sola, y ella la dejó ir porque no tenía ninguna razón concreta para retenerla.
—¿Tenés reuniones hoy? —preguntó.
—Sí. —El teléfono vibró sobre la isla. Lo miró — Camila. —Un segundo. —Contestó. —Decile a Rossini que la reunión del jueves no se mueve. Si no puede que mande a alguien con poder de decisión real. —Colgó y volvió a mirarla.
—¿Puedo ir? —preguntó Valentina.
—Hoy no.
Ella asintió y tomó su café sin insistir. Dante la miró un segundo más de lo necesario antes de subir a prepararse.
Esa mañana en la empresa, Dante tuvo dos reuniones que resolvió sin contratiempos y una videoconferencia con los de Milán que se extendió más de lo previsto. Entre reunión y reunión el teléfono registró una llamada perdida de un número que no tenía guardado. Sin mensaje. Dante lo miró, lo guardó en el bolsillo y siguió con lo que estaba haciendo.
A las doce el número llamó de nuevo y esta vez Dante contestó, pero del otro lado nadie habló, luego la llamada se cortó.
Guardó el teléfono despacio y le dijo a Camila que cancelara lo que quedaba para la tarde.
Marcos lo llamó en el auto.
—Novedades del cargamento de Nápoles. Los Velarde movieron material por nuestra ruta. Tercera vez este mes.
—¿Interceptamos?
—No llegamos. Pero tenemos la ubicación del punto de descarga.
—Esta noche entonces, antes de que muevan el material. —Le hizo una seña al chofer. —Y mandá un mensaje al viejo Velarde. Sin nombres, sin amenazas. Solo que sepa que lo estamos viendo.
Luego de colgar la llamada con Marcos miró el teléfono un momento pensando en la llamada desconocida de hoy, alguien tenía su número, llamaba sin hablar y cortaba, del tipo que quiere que sepas que está ahí antes de decirte qué quiere. Lo había visto antes — era una táctica, y las tácticas tenían un objetivo detrás.
Pensó en Isabel mientras el auto avanzaba.



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