Valentina apareció en el umbral del despacho de la mansión a las once de la mañana con una taza de café en cada mano.
Dante estaba al teléfono. Levantó la vista cuando ella entró y algo en su expresión cambió apenas, lo suficiente para que ella lo notara y sonriera antes de dejar una de las tazas sobre el escritorio y sentarse en el sillón frente a él.
Terminó la llamada.
—¿Escuchabas? —dijo él.
—Solo el final. —Cruzó las piernas y lo miró. —¿Problema con los de Milán?
—Nada que no tenga solución. —Tomó el café. —¿Por qué no estás en tu habitación?
—Porque estoy acá. —Lo dijo como si fuera la respuesta más obvia del mundo.
Volvió a los papeles. Valentina no se fue.
Se quedó en el sillón observándolo trabajar, y cada tanto hacía algún comentario sobre lo que veía en los documentos — preciso, sin rodeos — que Dante respondía sin levantar la vista pero que escuchaba, porque Valentina tenía esa costumbre de decir exactamente lo que valía la pena decir y nada más.
A la media hora se levantó, rodeó el escritorio y se sentó en el apoyabrazos del sillón de Dante mirando los papeles desde arriba de su hombro.
—Este número no cierra —dijo, señalando el informe.
Dante miró donde señalaba. Tenía razón. —¿Cómo sabés?
—Porque presto atención. —Sus labios rozaron brevemente su sien, un contacto tan rápido que podría haberse negado, y volvió al papel. —¿Vas a corregirlo?
Dante tardó un segundo en responder. —Sí.
Valentina sintió el calor de él a centímetros y algo en su cabeza hizo un ruido extraño. No un pensamiento exactamente — más como una imagen. La carpeta. Los papeles del divorcio. El despacho de Ferreira Group y ella de pie con los brazos cruzados esperando una firma.
Parpadeó.
La imagen se fue tan rápido como había llegado, sin dejar rastro, y Valentina siguió mirando el informe sin poder explicar de dónde había salido ni por qué ya no estaba.
El teléfono vibró al mediodía. Era Marcos.
—Los Velarde movieron otro cargamento por nuestra ruta. Esta tarde necesito verte. El lugar de siempre.
—A las cuatro. —Colgó y miró a Valentina, que estaba ahora sentada directamente en sus piernas con los papeles del informe en la mano.
—Tengo que salir esta tarde —dijo él.
—¿A dónde?
—Un problema en la mafia.
—¿Cuándo volvés? — pregunto sin dejar de mirarlo
—Sí.
Sus manos bajaron por su pecho sin apuro.
—Valentina —dijo. Su voz sonó más baja.
—¿Qué? —Levantó la vista con esa media sonrisa que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Sus manos subieron nuevamente a su cuello, los pulgares rozando su mandíbula, y se puso en puntas de pie hasta que sus labios quedaron a centímetros de los de él sin llegar a tocarlo.
Pero entonces Valentina se detuvo un segundo, sus ojos parpadearon y por un instante su expresión cambió, como si alguien hubiera encendido una luz en un cuarto oscuro. El divorcio. Los papeles. La razón por la que había entrado a ese despacho hace días con una carpeta bajo el brazo y la decisión tomada.
¿Por qué no le estoy insistiendo en el divorcio?
El pensamiento llegó nítido y se fue solo, sin que ella pudiera sostenerlo, disuelto antes de que pudiera convertirse en algo concreto. Y Valentina quedó mirando a Dante sin saber exactamente qué había pasado en ese segundo, con una sensación vaga que no supo nombrar y que desapareció cuando él le puso las manos en la cintura.
—Sabés lo que estás haciendo —dijo él, con la voz de alguien usando sus últimas reservas de control.
—Completamente —dijo ella para luego acercarse y besarlo sin pensar demasiado.
Dante la miró un segundo más.
Y correspondió porque llevaba demasiado tiempo sin encontrar una razón para no hacerlo.

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