—¿Estuviste muy ocupado estos días? —preguntó Amaya.
—Tuve que viajar al extranjero por un asunto. Pasé toda la mañana en el avión y solo pude responderte cuando aterricé —explicó con total naturalidad.
Amaya preguntó impulsivamente: —¿A qué saliste del país? ¿Tuviste algún caso?
En cuanto lo dijo, se dio cuenta de que se había extralimitado.
Recordó lo que Luciana había comentado esa misma tarde: Renata estaba en Estados Unidos. Seguramente había ido a acompañarla.
Él siempre había sido un hombre inalcanzable, devoto a una sola mujer.
Desde la adolescencia hasta sus treinta años, más de una década. Sin duda, era un amor profundamente arraigado en su ser.
Incluso si se había visto obligado a casarse por contrato con ella para lidiar con la presión familiar, siempre encontraría tiempo para volar al extranjero a ver a Renata.
De repente, Amaya recordó aquel invierno nevado en su segundo año de universidad. Gael Lozano condujo casi mil kilómetros para verla, solo para decirle que no aceptaría el matrimonio arreglado que su familia planeaba imponerle.
¿Qué sintió ella en ese momento?
Felicidad, euforia, esperanza...
En ese instante sintió cierta envidia por Renata. Aunque nunca la había conocido, debía ser inmensamente feliz siendo amada de esa manera tan incondicional.
Al volver al presente, sintió en su interior un vacío profundo, como un pozo helado que absorbía todas sus emociones.
Bajó la mirada y preguntó en voz baja: —¿Ella sabe que nos casamos?
—¿Quién? —Liam volteó a mirarla.
—La mujer de la que siempre has estado enamorado —su voz fue apagándose.
En ese preciso instante, sonó un teléfono.
Liam echó un vistazo a la llamada entrante, se puso un auricular y respondió con un par de frases en inglés.
Para cuando cortó la llamada, el auto ya había entrado a la calle de Villa Serena.
Amaya no sabía si él había escuchado su pregunta, pero al no obtener respuesta, fue lo suficientemente sensata para no insistir.
Al bajarse del auto, Liam abrió el maletero. Adentro había suplementos y artículos de lujo de marcas que Amaya ni siquiera conocía.
Ella lo miró con sorpresa. Por un lado, le asombró su educación; por otro, se preguntó cómo había sacado tiempo para comprar esos regalos considerando lo apretada que había estado su agenda ese día.

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