Con toda la calma del mundo, Alba rompió el acuerdo de traspaso por la mitad y tiró los pedazos al suelo.
—¿Ya se les olvidó? El abuelo lo dejó clarísimo en su testamento: estas acciones son mías. Nadie tiene derecho a tocarlas.
El rostro de Mateo se oscureció y se puso de pie de golpe.
—¡Alba, no seas terca! Te recuerdo que tienes un contrato firmado. Si no cumples, son 500 millones de multa. Si nos das las acciones a cambio del contrato, sales ganando, ¿no crees?
—Sí, si firmas, te damos un millón como compensación, ¿qué dices? —intentó convencerla Sara.
Alba soltó una carcajada.
¿La creían estúpida?
¿Deshacerse de acciones que valían miles de millones por un miserable millón?
—¿Y si me niego? —los desafió Alba.
—¡No tienes opción! —le advirtió Mateo.
—Nunca he cedido ante amenazas. No voy a firmar ese documento —declaró Alba, imperturbable.
—¡Mateo, no pierdas más el tiempo con ella! ¡Si no firma hoy, no sale de aquí! Además, si la matamos, nosotros heredamos todo de todos modos. ¿Para qué tanto rodeo? —soltó Isaac con rabia.
Ahí lo tenían, ni los animales se comen a sus crías.
Pero su propia familia estaba dispuesta a matarla.
Alba los miró fríamente y habló:
—Antes de venir, me asesoré con un abogado y dejé listo mi testamento. Si me muero, mis acciones y todo mi dinero serán donados. Ustedes no van a ver ni un solo centavo.
La furia se apoderó de los Moreno al escucharla.
Valeria se mordió el labio suavemente.
—Alba, ¿cómo pudiste hacer algo así? Pase lo que pase, seguimos siendo tu familia. ¿Por qué eres tan cruel?

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